7.4.08

PHILIP RILEY:
"Celtic visions and voices"

Los maoríes, pobladores autóctonos de Nueva Zelanda, llaman a esta isla Aotearoa, 'la tierra de la gran nube blanca'. De ahí tomó su nombre el sello White Cloud, fundado por Jon Mark en 1994. Nacido en Inglaterra, Mark tuvo unos años de éxito con la Mark-Almond Band (no confundir con Marc Almond) para trasladarse en los 90 a Nueva Zelanda y descubrirnos a traves de White cloud no sólo su nueva música sino a numerosos artistas de la zona, algunos de ellos tan importantes como David Antony Clark, Michael Atkinson, David Dawnes, Peter Pritchard, David Parsons o el que nos reclama la atención ahora, Philip Riley.
Riley no es neozelandés sino un irlandés exiliado voluntariamente, como Jon Mark, en la maravillosa isla polinesia. Así se comprende mejor que, desde una tierra de costumbres totalmente diferentes a las celtas, su primer disco intente vendernos ese tipo de música, que también adoptaría otro conocido artista de White cloud, Michael Atkinson; aunque parezca extraño, Riley declara que a su llegada al país con su familia, la integración fue fácil no sólo por la belleza natural sino porque lo celta está vivo y vigente por todas partes. Riley actúa agazapado, discreto, sin la sonora petulancia de otros (que unas veces engrandece pero otras vulgariza el producto), lo que en el fondo hace más valorable su no tan comercial propuesta, aunque precisamente se intente facilitar esa comercialidad con el adjetivo 'celtic' que se une al título con el que se lanzó de inicio, 'visions and voices'. Unas veces con cierta inspiración, otras no tanto, este antiguo batería de rock y pop pasea su encantadora propuesta a lo largo de once temas en los que también podemos aspirar la esencia de esos paisajes neozelandeses de los que proviene. Naturaleza, romanticismo, una música cálida y hermosa que, entre teclados, guitarras, flautas y percusiones, contribuye a dar vida la voz susurrante de la neozelandesa Jayne Elleson, que pasa de parecer de inicio un acompañamiento a parte imprescindible del trabajo en su conjunto (esa presencia femenina que, como la propia Tierra, es tan importante en la cultura celta). Más allá de las placenteras sensaciones de composiciones como "Prayer to a fledgling moon" (con su ímpetu romántico) y "The last blossom on the tree" (fantasía y ensoñación con el beneplácito de las flautas), o del ritmo celta de "Awakening" (con melodía peliculera), "The quickening" o "Scatterbone runes" (claramente deudora del estilo de Enya), dos temas destacan poderosamente por encima del resto por su mezcolanza de fuerza y sensualidad, siendo éstos precisamente los de apertura y cierre del disco: "The romany child" como propuesta ambiental, en la que piano y voz abruman por su bellísima y etérea armonía; y "Visions and voices" como el gran momento rítmico y el intento de reminiscencias celtas más interesante de la obra, donde la contribución del bodhran, el cello y las flautas, acompañados de un texto en latín recitado por Matthew Lark, logran esa pieza por la que se puede recordar a un músico.
Los discos de Philip Riley, al contrario que los de David Antony Clark, están bastante alejados de las costumbres maoríes o de la espiritualidad de Nueva Zelanda y Australia. La palabra 'maori' significa 'normal', 'ordinario', y distinguía a los mortales de los dioses y los espíritus. "Celtic visions and voices" bien podría encontrar la relación con la tierra que acoge a su creador en esa palabra, y en la distinción de discos normales con los que, como éste, llegan un poco más allá. Desde su avanzado estudio con vistas al puerto de Wellington, la unión de fuerzas de la espiritual pero a la vez tecnológica instrumentación de Philip Riley y la voz sugestiva de Jayne Elleson descubrió al resto del mundo esta bella música que, sin extravagancias ni excesiva dificultad, poseía la idea clara de la búsqueda del placer auditivo.

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