11.8.14

CUSCO:
"Ring der delphine"

El mismo año 1989 en el que la compañía alemana Prudence ofreció en su catálogo toda la discografía anterior del grupo Cusco, integrado por los músicos germanos Michael Holm y Kristian Schultze, la propia banda publicaba uno de sus trabajos más interesantes, "Ring der delphine", que a cambio ofrecía una de sus portadas menos elaboradas. Afortunadamente, la edición americana de Higher Octave Music, con el título "Ring of the dolphin", corregía esa infamia por medio de una portada mucho mejor diseñada, orientada hacia una corriente épica. De discografía inconsistente, Cusco siempre ha sido capaz de alternar trabajos totalmente prescindibles (presididos por sonidos poco auténticos) con un puñado de obras de melodías fáciles y agradables, en ambientes relajantes inspirados, en su mayoría, por los paisajes andinos que sirven para nominar a este conjunto creado a finales de los 70, tras un inspirador periplo de Holm por varios países de Sudamérica.

Según Michael Holm, "este álbum destila efluvios naturales, místicos y más reales que en otros álbumes". La historia, contada en el cuadernillo del disco (en alemán si se trata de la copia de Prudence) e ideada por Holm, Debra Holland y Svend Nissen, es la de unos delfines que donan siete anillos a siete personajes, con los que pueden alcanzar un poder mágico que utilizado adecuadamente es positivo, si bien su mal uso lo tornará en destructivo. Pasado, presente y futuro se entrelazan en esta historia -cuentan- que no es una secuencia de datos sino una red que se extiende en el tiempo con un destino marcado, y cuyo punto de partida es una isla legendaria de nombre Methos. Partiendo de esta idea, Holm y Schultze, con la ayuda en la guitarra de Johann Dannsen, desarrollan una excitante aventura de mágica belleza. El título principal y primer corte del álbum, "Ring der delphine" ("Ring of the dolphin"), es una afortunada composición con melodía danzarina y aventurera, serena y agradable, bien estructurada y ejecutada a los teclados con plácidos sonidos de arpa y flauta. De apariencia algo infantil, a la altura de la historia narrada, en ella unen sus fuerzas los dos miembros del grupo, ya que las demás composiciones son de autorías separadas. Schultze es el autor de cuatro de las canciones, "Methos" (de aires medievales, básica pero de tratamiento acertado), "Der zauber" ("The spell", tonada sencilla, melodiosa, de nuevo con apariencia infantil), "Jebel at Tarik" (destacada pieza atmosférica en la que voces enigmáticas despuntan entre la electrónica en un tono místico y evocador) y el corte más movido y populoso, "Bur said", melodía aventurera, perfecta como sintonía de concurso o documental, un paseo por las aguas de esta ciudad egipcia (en Bur Said se encuentra el acceso al Canal de Suez) al lado de esas bellas criaturas que son los delfines. Sobre "Jebel at Tarik" conviene comentar su procedencia, ya que Tarik Benzema ibn Ziyad al-Layti fue un general árabe que abanderó la conquista musulmana de la hispania visigoda; pocos conocen el dato de que 'jebel at Tarik' significa 'montaña de Tarik', y de ahí procede el nombre 'Gibraltar', el punto en el que Tarik desembarcó. Volviendo al disco, Holm se dedica prioritariamente a la labor de producción y contribuye solamente con otras dos composiciones, una retomando el espíritu medieval con fuerza desbordante ("Kinderkreuzzug" -"Children's crusade"-) y otra que presenta el más típico sonido sudamericano que hizo famoso a Cusco en el ámbito de la new age: "Die wasser von Cesme" ("Waters of Cesme") se muestra a la altura de sus grandes éxitos andinos, y aunque Cesme sea una popular ciudad turística del extremo occidental de Turquía -bien lejos de Perú-, cuyo nombre significa 'fuente', es necesario abstraerse y disfrutar de piezas como ésta. Para concluir, la importancia y calidad del primer corte (que bien podrían haber utilizado de forma recurrente a lo largo del trabajo) hace que surja "Ring... (repr.)", reprise en un tono más suave y juguetón, para cerrar un álbum que, si bien presenta un cierto tono más dulzón que épico, son precisamente los cortes más legendarios, como "Bur said" y "Jebel at Tarik", los más interesantes, por supuesto junto a la composición principal, "Ring der delphine". Afortunadamente Holm y Schultze no acuden excesivamente al efecto sudamericano (centrado en la eficaz "Die wasser von Cesme"), por lo que la instrumentación se enreda en un acertado acabado electrónico del más puro estilo new age en la onda de Narada o Private Music, aunque Holm apunta: "La new age está muy infuenciada por ideas esotéricas, nuestra música no tiene ideología de fondo".

Como ya sucedió con "Mystic Island" meses antes que el disco que nos ocupa, "Water stories" fue el título de otro recopilatorio de Cusco, que en esta ocasión incluía tres composiciones de "Ring of the dolphin": "Waters of Cesme" lo abre, y también recoge versiones recortadas de "Bur said" y "Jebel at Tarik". Aunque dificilmente llegara al nivel de otros grupos coetáneos del mismo tipo de música, no cabe duda de que Cusco es un grupo simpático que, con ciertas pinceladas de calidad pegadiza -como la conseguida en "Ring der delphine"-, logró crearse un nombre y un buen número de ventas en la new age de los 90, donde su etnicismo caló bien hondo, y continuó su andadura hasta bien entrado el nuevo siglo. Schultze, que era hijo de Norbert Schultze, el compositor de "Lili Marleen", y una famosa actriz y cantante, falleció en noviembre de 2011. Mientras tanto, Holm (cuyo verdadero nombre es Lothar Walter) continúa su carrera en solitario.

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13.7.14

OFRA HAZA:
"Yemenite songs"

La vida de la cantante Ofra Haza sería merecedora de una superproducción de Hollywood, de esas que inundan las salas de lágrimas y cosechan una buena colección de premios. Nacida en Yemen en 1957 en una familia judía, pero israelí de adopción y educación, Ofra se convirtió casi sin darse cuenta en una estrella infantil de la mano de su mentor Bezalel Aloni. Su segundo puesto en el festival de Eurovision de 1983 (tras Luxemburgo) no hizo sino confirmar a esta bella adolescente como una de las voces más prometedoras de la escena folclórica y pop (a partes iguales) de Israel, país con el que Ofra (Bat-Sheva -'séptima hija' en hebreo- fue el nombre que le pusieron sus padres y que se cambió a los seis años) estaba realmente comprometida hasta el punto de cumplir con un servicio militar del que podía haberse librado por motivos religiosos. Tras varios discos de oro en Israel, el éxito internacional le llegó de golpe gracias al posterior tratamiento 'disco' de dos canciones emblemáticas de su impoluto e importante trabajo "Yemenite songs" ("Shirey Teiman" en su país), excitante en su alegre conjunción folclórica de vientos, cuerdas, percusión y voz -en hebreo y árabe-, que se ha convertido con todo merecimiento en un hito de las músicas del mundo.
 
El exotismo y la belleza se conjugaron para dar forma a este producto de aspecto antiguo y religioso (con una preciosa portada que resalta la belleza de Ofra), presentado con esmero, gracia y respeto, publicado en 1984 por el sello israelí Hed-Arzi, y reeditado por la londinense Globe Style, la alemana Teldek y otras compañías (en Estados Unidos con el título "Fifty Gates Of Wisdom : Yemenite Songs"). Alguna reedición en CD a finales de los 80 incluye "Im Nin' Alu (Extended Played In Full Mix)". Ofra y Bezalel (como productor) pusieron mucho esmero en acentuar la identidad yemenita de la familia de la cantante en este trabajo en el que en realidad, aunque todas las canciones posean esencia tradicional, sólo una lo es en su totalidad (la segunda, "Yachilvi veyachali"), las demás son en su mayoría adaptaciones de textos del influyente rabino del siglo XVII Shalom Shabazi con músicas que han llegado hasta nuestros días por transmisión oral. La música judía yemenita (muy influyente en el desarrollo de la música de Israel, al verse como un enlace con sus raíces bíblicas) se divide en tres categorías: litúrgica (para el culto, cantada en hebreo y arameo por hombres, por lo que no escuchamos ninguna en el disco), secular (sobre la vida cotidiana, cantada por mujeres en un dialecto hebreo yemenita) y diwan (poesía devocional, tanto religiosa como secular, en hebreo, arameo y árabe). Al diwan, que se representa en fiestas y bodas, se adaptan perfectamente las poesías de Shalom Shabazi, originando así bellas canciones de música y danza (lo que se denomina 'shira'), algunas de las cuales presentan un preludio a cappella (de nombre 'nashid'), cuyo mayor ejemplo es la maravilla que inaugura el disco, la mundialmente conocida "Im nin' alu", una canción celestial ('las puertas del cielo están abiertas', cuenta), hermosísima, donde la fabulosa voz y el ritmo oriental mecen los sentidos conduciéndonos a un paraíso idílico. El segundo corte más importante y mundialmente radiado del álbum era "Galbi", el único compuesto originalmente y que no era de 'dominio público'. Su creador, Aharon Amramn", el conocido como 'padre de la canción yemenita en Israel', asegura que "Galbi" no le reportó tantos royalties como la gente supone, aunque años después de convertiera en un hit en occidente. Tremendamente pegadiza y acertada vocal e instrumentalmente, "Galbi", que significa 'Mi corazón', habla del amor no correspondido de una joven, y posee un maravilloso e indudable encanto autóctono. También de desamor, esta vez el de dos jóvenes a los que no dejan verse, trata el tema tradicional, "Yachilvi veyachali", una canción de la calle muy agradable y costumbrista, típicamente de baile. Cambiando de tercio, sobre la difícil historia del pueblo judío yemenita del siglo XVI (actualmente el 99% de los yemenitas son musulmanes) trata "A'salk", donde el poeta le pregunta a Dios: ¿Por qué nos dejaste?, el mismo Dios que es bendecido y alabado en "Ode le'eli". En esta sucesión de ritmos del Oriente Próximo, el medley compuesto por "Tzur menati / Se'i yona / Sapri tama" comienza tan espiritual como "Im nin' alu", para dejarse llevar enseguida por el ritmo y la gracia más cercana a bollywood que a una sinagoga. Más folclóricas y animadas incluso, aseverando la naturaleza tanto lírica como liturgica que Shabazi imprimió a sus textos, son "Lefelach harimon" y el broche final, "Ayelet chen", que explora sabiamente en esa explosiva frontera entre el pop y el folclore, y de la que se extrajo el título norteamericano del disco, "Fifty Gates of Wisdom". Aunque la explosión de los singles más conocidos del álbum tuvieron lugar algo después, una época en la que el propio Michael Jackson insistió en varias ocasiones en realizar un proyecto conjunto, es preciso reconocer la calidad y la autenticidad del verdadero gran trabajo de esta idolatrada artista, un "Yemenite songs" cuya escucha nos traslada a una tierra conflictiva, milenaria y muy rica culturalmente, cuya música y poesía, conjuntas, influyeron en canciones mágicas como "Im nin' alu", "Galbi", "Yachilvi veyachali" o "Ayelet chen".
 
Tuvieron que pasar tres años para que "Galbi" y "Im nin' alu" sonaran con gran repercusión en Europa y Estados Unidos. El acicate fue que la melodía de "Im nin' alu" fuera sampleada por varios avispados grupos y productores, especialmente por Eric B. & Rakim para la canción "Paid in full" incluída en la película "Colors', lo que originó la creación de una avanzada y elegante mezcla para las pistas de baile y radiodifusión internacional, que se adelantó en el tiempo a otros afamados productos del conocido como etno-tecno, y que alcanzó el primer puesto de las listas de singles en países como Alemania o España ("Im nin' alu" fue número 1 en la lista de singles española en 1988, con "Galbi" en el octavo puesto). Aunque el remix de "Galbi" fuera realmente anterior al de "Im nin'alu", su éxito derivó del de esta última, encontrándose Ofra con dos auténticos hits en medio mundo, una artista cuya popularidad subió como la espuma hasta tal punto, por ejemplo, de ser elegida como cantante del mes en Inglaterra el mismo día que ella y su equipo sufrían un importante accidente aéreo, del que salieron ilesos por poco. Mientras tanto, "Shaday" fue el título del álbum publicado en 1988, con nuevas versiones con versos en ingles de "Galbi" e "Im nin' alu". Ofra Haza, con su sensualidad, su belleza, su maravillosa voz, abrió las puertas del mercado internacional a Israel, por ejemplo su video-clip de "Im nin' alu" fue el primero que emitía la MTV de un artista israelí. Sin embargo, la mala suerte se cruzó en su camino: En 1997 Ofra Haza conoció a un hombre de negocios llamado Doron Ashkenazi, con el que se acabó casando, esencialmente por presiones familiares para formar una familia y tener hijos. En esta época grabó en 17 idiomas la canción principal de la película "El príncipe de Egipto", pero no pudo realizar más proyectos, en el año 2000 cayó enferma y murió de neumonía en Ramat Gan el 23 de febrero, por las complicaciones originadas por el virus del VIH, el temible sida que presuntamente le contagió su marido, que acabó falleciendo un año después de una sobredosis de cocaína. Numerosas compilaciones reverencian a esta cantante cuya historia acabó tragicamente, y que aparte de por miles de seguidores, es recordada por el parque público 'Gan Ofra' (el Parque de Ofra) en el barrio Hatikva en Tel Aviv, donde Ofra se crió y volvía siempre que podía.





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14.6.14

SUZANNE CIANI:
"Pianissimo"

Peter Baumann, fundador y dueño de Private Music, estuvo de 'gira' por Europa en 1989, aunque lo que vendía no era su música, sino su propia compañía de músicas avanzadas, cuya filosofía había cambiado notablemente con la llegada de Ron Goldstein como presidente de la misma en 1987. Los gloriosos comienzos y primeros años de Private incluían un sinfín de joyas musicales, pero en estos finales de década se comenzaron a fichar a músicos que no tenían que ver con la línea inicial, perdiendo la estupenda imagen de marca que se había ganado con las buenas decisiones anteriores. Baumann estuvo en España para conocer al director general de BMG Ariola España, José María Cámara y explicarle su proyecto, música instrumental de alta calidad, uno de cuyos músicos puntales era una mujer cuyo nombre ya poseía un enorme carisma tras la publicación de álbumes superventas, incluso míticos, como "Seven waves", "The velocity of love" o "Neverland". Cuando en 1990 la compañía se trasladó de Nueva York a Los Angeles, una curiosa circunstancia afectó notablemente a Suzanne, la lamentable pérdida del máster de su álbum "History of my heart", un hecho que desconsoló notablemente a esta artista, que no se veía con fuerzas para grabarlo de nuevo. Peter Baumann la animó entonces a crear un disco más sencillo, exclusivamente para piano, que recogiera algunas de sus mejores composiciones arregladas para ese instrumento, un álbum que acabaría titulándose "Pianissimo".

"En verano de 1989 ofrecí mi primer concierto de piano desde los días de mis recitales de estudiante. Así comenzó el redescubrimiento del instrumento de mi primer amor: el piano acústico". Con estas palabras presentaba Suzanne Ciani este trabajo que Private Music publicó en 1990. Su merecida fama en el mundo de la electrónica más primigenia, a la que se había dedicado en cuerpo y alma durante todos esos años, entroncaba con el carácter sensible de sus composiciones, a lo que se unía su frágil apariencia, en la que era difícil reconocer a una mujer luchadora en el mundo masculino de la música electrónica. El cambio fue absolutamente necesario, y el producto tecnológico fue desechado para dejar paso a la esencia más melódica de la norteamericana: "No puedo odiar los ordenadores, llevo usándolos desde 1969 (...) La decisión de dejarlos de lado llegó después de grabar 'History of my heart' y coincidió con una necesidad que yo tenía de un mayor contacto con la naturaleza, porque estaba viviendo en Nueva York y me sentía continuamente aturdida y sin tiempo para nada; me estaba volviendo chalada". "Pianissimo" resultó más económico en su producción que las grabaciones electrónicas realizadas hasta la fecha, en las que apabullaban los nombres de aparatos utilizados (especialmente en "Seven waves"); además, contó con el patrocinio de la casa Yamaha, que proporcionó a la artista tanto los pianos utilizados como su propio estudio de grabación (una gran sala, sin reverberaciones, en la corporación Yamaha en Buena Park, en el condado de Orange). Las canciones arregladas (Suzanne tuvo que aprender a hacer los arreglos) pertenecían a sus dos últimos álbumes, "Neverland" y "History of my heart", y se incluían cuatro nuevas composiciones, dos de las cuales iban a aparecer en su siguiente álbum, "Hotel Luna" ("Rain" y "Simple song" -de cual leemos en su partitura el comentario de Suzanne "oh, así que en realidad no es tan simple"-), así como las deliciosas "She said yes" (autocalificada como un cuento de hadas) y "Berceuse" ('en memoria de mi querido primo Amy', añade). Seis piezas son arreglos de "Neverland", entre los que podrían destacarse los de "Tuscany" (que suena más limpia que en su disco original, y también mejor que en su primera interpretación para piano, en el recopilatorio "Piano two"), "Neverland" (otra de las grandes composiciones de la Ciani, con su sello característico, a la que la solución pianística le otorga un acabado verdaderamente acertado) y "Summer's day" (otro clásico, un alegre día veraniego). Además, ese 'sueño perdido, roto' que es "Adagio", la dulce "When love dies" y "Aegean wave", con su aire cíclico, de ola. Por su parte, de "History of my heart" son las cuatro composiciones restantes, la danzarina "Inverness", "Drifting", y los dos cortes más recordados y radiados, posiblemente, del disco: la grandísima "Mozart", que casi pega más con el espíritu de "Pianissimo" que con el de "History of my heart", y su canción más representativa, "Anthem", dedicada a los estudiantes chinos que protestaron en 1989 en Tiananmen, por su espíritu y compromiso. "Anthem", un delicioso himno que ya es un clásico de la new age, tenía una versión de solo piano en su correspondiente álbum, pero la mencionada pérdida del master obligó a regrabarla. Estas últimas son dos de las canciones de corte más clásico de Suzanne Ciani, que prefiere denominar a su música clásica contemporánea.

"Pianissimo" es como un álbum de clásicos de la new age, sólo que son todos de Suzanne Ciani. El piano, un instrumento más asequible y que puede llegar a un mayor rango de público, sienta bien en general a las piezas, dándoles una nueva dimensión, de mayor seriedad a pesar de perder en ocasiones, curiosamente, una cierta calidez. De hecho, muchos de los seguidores de la Ciani son amantes de la música electrónica, y sin embargo acogieron muy bien ese acercamiento al mundo acústico, en el que una gran influencia era el excéntrico pianista Glenn Gould. "Pianissimo" fue un éxito sorpresivo para Suzanne, y tuvo varias consecuencias: la más inmediata, el lanzamiento de un libro de partituras cuya portada era la misma que la de el álbum, aunque su título fuera "New age piano" (el listado de canciones incluidas, 17 en total, no era exactamente el de "Pianissimo"); por otro lado, fue inevitable (y sustancioso) la aparición de dos continuaciones, en las que Suzanne Ciani continuó revisando sus viejos hits e incorporando nuevas canciones a su repertorio pianístico: en 1996 llegó "Pianissimo II", donde destacaba "The velocity of love", y en 2001 "Pianissimo III", ambas editadas por su propia compañía, Seventh Wave Productions, después de superar un cancer, trasladarse a California y casarse con el abogado Joe Anderson, unos cambios vitales que influirían notablemente en su música tras abandonar Private Music, aunque realmente, cuenta con tristeza Suzanne, fuera Private Music la que la había abandonado a ella.

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22.5.14

JAVIER PAXARIÑO:
"Dagas de fuego sobre el laberinto"

Mucho tiempo ha habido que esperar, demasiado, para que uno de los instrumentistas más apabullantes de nuestra península volviera a publicar un trabajo, que aunque venga firmado como un trío, es practicamente suyo al menos en cuanto a la autoría de la mayoría de las composiciones. Virtuoso de los instrumentos de viento, este granadino afincado primero en Málaga y posteriormente en Madrid había creado ya en los 80 el Javier Paxariño Group, pero se lanzó desde entonces, especialmente tras una estancia en Londres que le ayudó a marcar su evolución musical, a la aventura en solitario, en 1988 con "Espacio interior" (de un jazz suave, con acertados atisbos étnicos) y en 1992 con "Pangea", momento en que logró el reconocimiento, basándose en una mayor carga étnica y la radiodifusión del excepcional primer corte, "Bengala". Su tercer álbum, "Temurá" (1994), es una de las cumbres de las nuevas músicas españolas, un disco antológico que estaba centrado enteramente en nuestro país, concretamente en las tres culturas que convivieron en el mismo siglos atrás (cristianos, judíos y musulmanes). En "Perihelion" (1996) aún quedaban retazos de música antigua, muy bien reconstruida y adaptada, mientras que en el momento de lanzar "Ouroboros" (2002), una obra totalmente folclórica, Javier se lamentaba de que hubieran pasado unos eternos seis años desde su anterior plástico. Parece sorprendente que, dada la crisis del sector, hayan tenido que discurrir el doble de esos seis años para ver publicada una nueva obra del que algunos conocían como 'el pájaro'.

Publicado en 2014 como primera referencia del sello Icarus, "Dagas de fuego sobre el laberinto" es un animado cóctel en el que el jazz y el flamenco son la base esencial para arropar a ciertas músicas de las culturas mediterráneas, árabes, turcas o judías. No es este el primer trabajo de Paxariño en el que el Mediterráneo es parte importante, "Perihelion" recogía el tema "Puerta de agua", y "Ouroboros" contaba con más de un asomo al Mare Nostrum, "que en sí mismo configura un espíritu y una manera de vivir, permitiendo una permeabilidad entre la cultura en general y la música en particular", aclara. Javier no se ha apartado excesivamente de su trayectoria, en "Dagas de fuego sobre el laberinto" hay algo del Paxariño de cada etapa, fiel a un sonido suyo que envuelve a la hermosa tradición de la península. Esas profundas raíces en nuestro folclor son también una de sus características esenciales, si bien en este armonioso álbum son mayoría las composiciones propias, en concreto siete de las once que pueblan el trabajo, dejando dos en manos de Josete Ordóñez y otras dos arregladas desde la tradición. Tras un comienzo introductorio, adentrándose en aguas calmadas ("Dagas"), nos asalta una melodía de esas que Paxariño sabe llevar a un terreno propio, atemporal, pero que suena muy actual y definitivamente maravillosa; arreglo de un tema tradicional, "Ladrón y kumardjí" es una danza de alegría contagiosa en la que suenan hasta cinco instrumentos de cuerda, otros cinco de viento y tres de percusión, que acaba suponiendo el corte estrella del álbum, sin desmerecer por ello a los demás, en un trabajo equilibrado e iluminado. "Dolores de amor" es la otra composición de esencia tradicional, y es en su carácter vocal (con la voz de Josete) donde encuentra una agradable distinción, siendo recordada no sólo por sus versos sino también por su acertado y sencillo tratamiento instrumental. Javier afirma que respeta el flamenco y le gusta, pero nunca se ha metido profesionalmente en el mismo y no ha profundizado en él en sus trabajos; aquí hay interesantes guiños a la música de su tierra, especialmente en la deliciosa "Juegos con Zaira" (arreglos del este para un acabado andaluz), así como al final del disco, en "Paseo de la farola" (sito en Málaga, esta bulería es un rescate del grupo Taifas, con Javier, Faín Dueñas y Nono García) y "Fiesta en el Realejo" (el antiguo barrio judío de Granada, por lo que Javier se deja adueñar por el espíritu de la música klezmer). El propio Ordóñez acomete también el flamenco en sus dos espléndidas composiciones, "Mandópolis" (curioso festival francés de mandolina) y "Velahí", eficaz melodía de aires árabes que se deja atrapar a su mitad por un arranque de saxello en plan free-jazz. Sin embargo, esta obra no se ciñe al flamenco ni a ningún tipo de corsé estético, por ejemplo en "El alma en el suelo" hay un acercamiento al tango en una envoltura melancólica, aunque no precisamente mediterránea. Los años y la experiencia han otorgado a Paxariño un dominio casi pecaminoso de los instrumentos de viento de diversas procedencias geográficas (flautas, saxos, clarinete, kawala, kaval, saxelo, ney, bansuri, conga y darbuka), pero aparte, la firma del trabajo como trío implica una mayor importancia de los demás instrumentos, y desde el comienzo se nota que la percusión de Manuel de Lucena cobra una importancia cercana a la que, por ejemplo, tenía en "Temurá", tanto en intensidad como en elenco de instrumentos (pandero, batería, tabila, shaker, darbuka, bendir, riq, krakebs, bongos, cajón y platos). Josete Ordóñez se muestra impecable en el manejo de las cuerdas (guitarras, mandola, bajo, vihuela, oud), en un conjunto tan rico en matices como plagado de momentos gratos y coloridos. Como dice el periodista Fernando Íñiguez en el texto introductorio del álbum, "no hay impostura, nada que se preste a lo forzado, todo fluye". En el libreto, además, poemas de Illia Galán y Hala al Shoroof, y elegantes fotografías del trío en blanco y negro.

"Gran parte de mis composiciones son canciones, temas musicales susceptibles de ser tocados con un piano, con un estribillo, buscando un tratamiento interesante y original, con flautas que me puedan servir para hacer la base rítmica del tema", dijo Javier Paxariño en 1994, justo 20 años antes de este trabajo. "Dagas de fuego sobre el laberinto" no es un nuevo "Temurá", es más sencillo y menos pretencioso, pero presenta un sonido coherente y por momentos brillante, en un estilo identificable de su autor, donde los instrumentos de viento se alzan majestuosos hacia las alturas, con el apoyo incondicional de sus compañeros de aventura, reducidos considerablemente en número respecto a anteriores trabajos, sin por ello perder excesivamente la sonoridad y la esencia (posiblemente ganando en conjunción, tras varios años de unión). Cada obra de Paxariño lleva adosada la impronta del amor por la música, por lo bien hecho y el respeto total hacia la tradición y el folclore, este personaje encantador, siempre dispuesto con su público y siempre cumplidor musicalmente, se adapta a las diversas situaciones y localizaciones para las que se requiere su presencia (La Musgaña, Biella Nuei, Radio Tarifa, Eliseo Parra, Luis Delgado, Eduardo Laguillo, Alberto Iglesias, Tomás San Miguel, Aute y un sinfín de nombres más) y logra fundir los instrumentos de viento con los demás como si de un guiso perfecto se tratara. Paladear sus composiciones es una auténtica delicia, pues dignas son de una guía Michelin de la música. Las nuevas músicas de la segunda mitad del siglo XXI, además de gente que compre los discos y acuda a los conciertos, no sólo necesitan nuevos genios, sino también que los de siempre resurjan y alcen sus voces entre la vacuidad general. Parece que Paxariño ha encontrado la llave, ¿quién será el siguiente?

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6.5.14

NACHO CANO:
"Un mundo separado por el mismo Dios"

Para un músico como Nacho Cano, tan encasillado por el éxito y la trayectoria de un grupo como Mecano, símbolo del pop español por antonomasia, no podía serle fácil de ningún modo dejar atrás ese icónico nombre y volar en solitario, más aún si el giro estilístico iba a ser de 180 grados respecto a aquellos "Hoy no me puedo levantar", "Aire", "Hijo de la luna" o "La fuerza del destino". Nacho ya había deslizado en los discos de Mecano pequeñas perlas instrumentales ("Boda en Londres", "Dónde está el país de las hadas", "Por la cara" y "1917"), que defendían la posibilidad de un álbum centrado en este tipo de música inspirada en otros estilos, como los de sus compositores y grupos más admirados, entre ellos Peter Gabriel, Genesis, Yes o especialmente un Mike Oldfield que volvía a triunfar enormemente en esa época con "Tubular bells II" y "The songs of distant Earth". Sin embargo la característica principal de su primer álbum iba a estar otorgada por el acercamiento de Nacho a la religión budista y a la meditación trascendental, con la que el antaño joven díscolo alcanzó un extraordinario nivel espiritual y compromiso con los más desfavorecidos, circunstancias que se reflejan en su música.

Aunque no era un hecho secreto el del nuevo camino interior del pequeño de los Cano, que incluso había creado para Mecano sendas canciones dedicadas al Dalai Lama ("Aidalai") y Jesucristo ("Tú"), su entrada de golpe en el mundillo de estas 'otras músicas' fue sorprendente para el gran público, así como el cambio de compañía discográfica, de BMG que publicaba a Mecano, a Virgin, que puso a la venta "Un mundo separado por el mismo Dios" en 1994, con lemas budistas, fotografías hechas por la por entonces novia de Nacho, Penélope Cruz, y un hermoso y colorido montaje en la portada (con una hoguera fotografiada en las Alpujarras por la propia Penélope). Presentado el 2 de noviembre de 1994 en el Museo de Arqueología de Madrid, llegó enseguida al número 4 en las listas de ventas, gran parte de sus seguidores aceptaron su nueva propuesta, pero entre otro sector del público y ante todo de la crítica, acabó convirtiéndose en un disco incomprendido, posiblemente por buscar los unos a un nuevo Mecano y los otros, que le tenían ganas por su exitoso pasado, a un nuevo gurú de la música instrumental española. Evidentemente nunca llegó a alcanzar ese estatus, pero "Un mundo separado por el mismo Dios" poseía grandes intenciones y un buen sonido en la producción, arreglos y composición de un Nacho Cano al que el mismísimo Hans Zimmer, que tocó con Mecano en el 84, le había aconsejado en aquella época sobre una buena utilización del estudio de grabación. Cinco sencillos fueron extraídos del álbum: "El patio" fue el primero y el más radiado, en el momento de mayor promoción del trabajo; Nacho utilizaba, sobre una música un tanto experimental, la canción popular infantil 'Al pasar la barca', con la voz de la pequeña sobrina del músico, Macarena, a la que sucede la de la cantautora y amiga Mercedes Ferrer (conocidos desde 1986). El estilo aflamencado es verdaderamente atrayente y vuelve a aparecer, también con voz, en "El país de los cementos" (el último single) o en un corte titulado "El piano, el violín y la guitarra", que bien podría llevar la firma de un Dorantes que aún tardaría varios años en despuntar en solitario con su primer y exitoso álbum, "Orobroy". La guitarra española, inmensa, corre a cargo de otro genial intérprete flamenco en alza en esa época, Vicente Amigo, y las voces gitanas, de una jovencísima Chonchi Heredia. El segundo sencillo era una de las canciones más interesantes e inspiradas del disco, "El profesor de danza" recogía el sonido auténtico de una clase de la Compañía del Centro Artístico Alcobendas y de la neoyorquina Alvin Ailey Dance Theather Company como base para una melodía rítmica, extraña, sudorosa y atrevida, un gran descubrimiento pleno de intensidad y buena instrumentación. En el orden del disco le sigue "El waltz de los locos", otro de los cortes más interesantes y sinceros, de mecedor estilo orquestal, que fue utilizado como cuarto sencillo, y que también presenta voces grabadas entre los internos con discapacidad intelectual del Hogar Don Orione, en Pozuelo de Alarcón; Nacho, que buscaba la armonía en el álbum, aseguraba que lo primero que sintió al entrar en la fundación fue repulsión, pero acabó emocionado, notando esa armonía que dio origen al lema integrador 'nadie sobra en esta orquesta'. El tema que titula al disco, "Un mundo separado por el mismo Dios" fue el tercer single, y era el primer corte del mismo que rebosaba etnicismo en su intento de conjunción de cantos identificativos de varias religiones (voces árabes, cristianas, judías e hindúes, que si no armonizan entre sí -contaba el libreto- producen distorsiones tales como el holocausto, reflejado en la canción por la escalofriante voz de Hitler), si bien posiblemente su autor debería haber aumentado la dosis multicultural en el conjunto del álbum para ver reforzado el mensaje de unión con alegato pacifista que pregona el budismo del que hace gala, cuya intensidad crecía considerablemente ya al final del disco, en "Vaikuntha" (con un coro de monjes brahmanes neoyorquinos) y, especialmente, en el tema añadido en la segunda edición del álbum, "Un mundo separado por el mismo Dios (final)", que retoma la alegre y resplandeciente canción final de su primera parte (la cual se merecía sin duda un corte propio) para culminar el plástico de forma mucho más eficaz. Antes, no hay que olvidarse de ese sugerente y confiado alegato contra la caza de ballenas que es "El dolor del agua", y de una composición con ecos de rock sinfónico, larga y abrupta pero con grandes momentos, como es "La batalla", donde el autor intenta (también mediante un par de versiones para piano y orquesta, respectivamente) "destacar la humanidad de los instrumentos". Aunque también sea suya la frase "el autor pone la música, los oyentes las imágenes", cuatro de los singles poseen sus correspondientes video-clips: "El patio" (con Penélope cruz), "El profesor de danza" (con Víctor Ullate), "El waltz de los locos" (enfocado en el síndrome de dawn, fue un regalo de Penélope) y "Un mundo separado por el mismo Dios" (un partido de fútbol interacial). También tuvo su correspondiente gira, con una espectacular escenografía, que pasó por Londres, Berlín o París, citas más cosmopolitas de este músico que vivía en esta época entre Nueva York (en un apartamento justo encima del de Ana Torroja, donde compuso el álbum) y Amsterdam. El disco se grabó en la capital holandesa, en Madrid y en Londres en el verano de 1994, y además de la edición española (la primera con 13 cortes y una segunda con los 14 mencionados) contó con otras, con distinta fotografía de Nacho en portada, la internacional (con el título en español), la inglesa ("A world split by the same god"), la francesa ("Un monde separé par le meme Dieu"), y la alemana y holandesa ("Eine welt von einem gott geteilt").

Este álbum es una experiencia espiritual con guiños sinfónicos ("La batalla"), folclóricos ("El patio"), experimentales ("El profesor de danza"), neoclásicos ("El waltz de los locos"), orientales ("Vaikuntha") o de new age melódica (la adaptación orquestal de "La batalla"), y olor a mediterráneo y especias, y aunque Nacho intente apartarse de lo meloso de su antiguo grupo, no deja de haber momentos que nos recuerdan a Mecano hasta el punto de faltar, únicamente, la voz de Ana Torroja. Los contínuos cambios de ritmo y melodía de composiciones como "El patio", "La batalla" o "Un mundo separado por el mismo Dios" parecen referirnos a uno de los mejores discos de Mike Oldfield, "Amarok", pero hay ciertas diferencias entre el estilo y la innegable clase del británico y las muchas ganas y desparpajo del español, que si bien acierta en muchos momentos de un disco arriesgado que en general agrada y convence, también parece en otras ocasiones empalmar demasiadas ideas, sobreactuar y darse ciertas ínfulas para un debut, lo cual pudo desembocar en incomprensión y posibles envidias. La carrera de Nacho ha continuado pero nunca ha vuelto a intentar una aventura instrumental tan majestuosa, tornando la misma en una vuelta a las canciones, con momentos tan maravillosos y exitosos como "Vivimos siempre juntos", con la voz de nuevo de Mercedes Ferrer.









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7.4.14

CRAIG CHAQUICO:
"Once in a blue universe"

Corrían los primeros años de la década de los 90 cuando el guitarrista angelino Craig Chaquico, ex-miembro de la conocida banda de rock Jefferson Starship, buscó nuevos sonidos a lomos de su Harley Davidson, y encontró la inspiración para desarrollar colosales instrumentales en los que la guitarra derribaba los cimientos de las denominaciones, desde el lógico rock al smooth jazz, algo de blues y a la temida new age, una categoría que este músico nunca evitó, y que está presente al menos en la parte más espiritual de su música: "Mi filosofía es encontrar un lugar a medio camino entre la espiritualidad y la tecnología. Por poner un ejemplo, creo que mi música se halla a medio camino entre 'Star Trek' y 'Bailando con lobos'". Por otro lado, Craig ha declarado en alguna ocasión que para él sólo hay dos tipos de música, buena y mala, y sin ninguna duda, él forma parte de la primera de ellas. Eran tantas las melodías rotundas y pegadizas que nos había ofrecido en sus tres primeros trabajos que parecía difícil que su poderoso estilo pudiera dar más de sí en un cuarto álbum, pero la primera escucha de "Once in a blue universe", publicado por Higher Octave Music en 1997, se encargó de demostrar que aún había mucha música en sus manos.
 
Tal vez ni él mismo podía sospechar que el cambio a la guitarra acústica provocado por el nacimiento de su primer hijo iba a provocar una carrera tan larga y fructífera en el panorama de la nueva era. En este momento, ya no era necesario advertir en la contraportada cómo escribir su nombre, porque Craig Chaquico era de sobras conocido entre el público, también en España, donde tocó por primera vez en junio de 1995 en Madrid y Barcelona. Ahí declaro que lo que él hacía eran 'paisajes musicales', en los que se combinaba su afición por los paseos en moto y un gran talante ecologista, ambas circunstancias demostradas de sobra en sus trabajos. Chaquico, que es capaz de tocar la guitarra acústica como si de una eléctrica se tratara, es pura fuerza y entretenimiento, y su unión con Ozzie Ahlers (cuyos teclados complementan las guitarras de Craig) iba a sufrir una revolución en busca de un sonido más completo, como ya había sucedido en parte en su tercer álbum, "A thousand pictures", al incluir instrumentos de viento más propios del jazz que del rock. Es el caso del saxo de Richard Elliot (una especie de homenaje también a su padre, que era saxofonista), que repite colaboración en uno de los cortes destacados de "Once in a blue universe", el titulado "Dreamcatcher". Otros saxos, teclados, bajo y percusiones se citan en el trabajo, incluso una guitarra española (Peter White) y la flauta del indio americano Douglas Spotted Eagle, que fichó por Higher Octave tras esta importante colaboración. El trabajo empieza con un refrescante baño nocturno, un bluesero "Midnight swim" que incorpora el erotismo del saxofón, al igual que otras tres composiciones del álbum, la aterciopelada "Blue universe" -una romántica búsqueda del alma gemela, que acaba siendo su esposa, Kimberly-, "Feelin' alright" -una suerte de improvisación afortunada- y la maravillosa "Dreamcatcher", una de esas melodías inspiradas y atrayentes que hacen de Chaquico un guitarrista imprescindible, un homenaje más al pueblo nativo americano -un atrapasueños es un objeto realizado a base de aros, plumas y redes originario del pueblo ojibwa, que adoptaron comunmente los indios norteamericanos como un símbolo cultural- que sonó hasta la saciedad y que no cansa en absoluto bastantes años después, a lo cual contribuye la magistral producción de Chaquico y Ahlers. Curiosamente, los cuatro saxos son interpretados por cuatro intérpretes diferentes. Como segundo corte estrella del álbum, al menos en cuanto al tipo de sonido aventurero más popular del artista, "Trade winds" es un auténtico viaje ya no en su inseparable Harley Davidson sino a lomos de los vientos alisios, en busca de la sonrisa y del recuerdo de las verdaderas amistades. De nuevo la naturaleza es importante en el disco, desde el bonito recuerdo a las ballenas y el océano que es "Oceans apart" hasta la descripción por medio de la guitarra de la considerada como una de las diez carreras a pie más bonitas del mundo, la "Dipsea trail", de Mill Valley a Stinson Beach, atravesando innumerables elementos naturales de excepción. La curiosidad del disco radica en la sencilla composición "Lights out San Francisco", que conocerá una sorprendente versión vocal -a cargo de Rolf Hartley- en el disco de 2009 "Follow the sun". Para concluir, otro de los cortes importantes y con un nuevo recuerdo al pueblo nativo, un "Indian spring" compuesto a partir de un sueño, donde la flauta y percusión indígena de Douglas Spotted Eagle son la contrapartida de una calmada y respetuosa guitarra, rescatando la bella melodía de "Dreamcatcher".
 
Fue para "A thousand pictures" cuando Chaquico comenzó a tañer una guitarra que él mismo ayudó a diseñar, la 'Washburn EA26 Craig Chaquico'. El artista estuvo en 1996 en España presentando dicho instrumento, y continuando con su conciencia ecológica, la compañía Washburn se comprometió a plantar un árbol por cada guitarra vendida. Esa ecología y reforestación le siguen a cercando a la new age, que aunque sigue aceptando sí que se replantea lo engañoso en ocasiones del término. Chaquico ha ido perdiendo con el paso de los años la chispa que le llevaba a construir melodías reconocibles y entusiastas, ganando a cambio en madurez y profundizando en un sonido más libre que ha derivado hacia el blues. Tal vez sea el Craig actual un músico más profundo y sincero, pero el guitarrista que asombró a toda una generación de amantes de la new age, se deja ver y disfrutar más plenamente en sus primeras obras, un puñado de discos de ensueño publicados por Higher Octave Music y dominados de tal forma por la guitarra que no extraña el comentario del músico: "Mi guitarra es mi voz".
 

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16.3.14

BEN TAVERA KING:
"Coyote moon"

El término Tex-Mex es un cruce de caminos, alude a una música fronteriza que mezcla la cultura rural del sudeste de Texas (Tex) con las raíces mexicanas (Mex), a ambos lados del curso del río Grande. No hay que olvidar que hasta bien entrado el siglo XIX Texas perteneció a México, así que múltiples elementos chicanos perduran también en territorio estadounidense. Precisamente en San Antonio (Texas) creció Ben Tavera King, un guitarrista estadounidense de orígenes filipinos en cuya casa se hablaba español y se escuchaba a Los Panchos. Ben, que estudió música tanto en España como en Texas, se sintió fascinado desde bien joven por el jazz, pero también quiso indagar en la cultura de 'la frontera', el mencionado Tex-Mex (con la base principal del acordeón), y en elementos étnicos como la flauta indígena (en su disco "Border Crossings: New Directions In Tex-Mex Music", con el grupo Los Jazztecs). A finales de los 80 publicó dos interesantes álbumes en el sello Global Pacific Records, un sencillo y jazzístico "Desert dreams", y el más completo y destacado, "Coyote moon", editado en 1990.
 
Los indígenas mexicanos llaman 'coyote moon' a la enorme luna llena que hace aullar a los coyotes. A su vez, "Coyote moon" es un disco divertido de un músico costumbrista, que ha llegado a ser calificado por la crítica poco especializada como 'new age' sólo por pertenecer a un sello especializado como Global Pacific. Bien es cierto que es complicado atribuirle una única denominación (Billboard lo incluyó en la lista de World Music, donde alcanzó la quinta posición), pues melodías festivas se mezclan con sones tradicionales y aventuras desérticas de aspecto peligroso en esta bonita colección de postales fronterizas deliciosamente construidas por Ben Tavera, que interpreta flauta y tres tipos de guitarras (clásica de cuerdas de nylon, clásica sin trastes y hammered guitar), a las que se unen teclados, bajo, percusiones y dos clases de vientos, el saxo tenor de David Travers y el violín sintetizado de otro conocido artista de Global Pacific, Steve Kindler. Sólo tres canciones quieren reflejar los paisajes desérticos prometidos en la portada, "100 year rain" (reflejo de un ancestral ritual nativo americano), "Rainbow man" y la joya del disco, un tesoro escondido que da título al mismo, y que merece comentario posterior. "Prickly lullaby", que parece retomar el concepto de "Coyote moon" de manera más ambiental, se acercaría a esa idea, si bien con un bonito enfoque romántico (el saxo), que bien podría aceptarse como lo que pretende ser, una nana. El resto del disco se ajusta a la concepción folclórica, rítmica, asequible e interesante, que podemos tener, de manera preconcebida, de lo mexicano: "Ramona's ritual rhumba" es un comienzo popular y animado, donde el ritmo rumbero de la guitarra viene acentuado en la melodía por la flauta y una interesante entradilla de saxofón. Este acercamiento a pequeños y arenosos pueblos fronterizos se repite en otros cortes con sabor mariachi como "Jessita" o "El Kabong's fiesta" ('El Kabong' es un conocido personaje de dibujos animados, muy similar a 'El Zorro', creado por el exitoso tándem Hanna Barbera). El saxo también toma importancia en "Fabled dancer / Malaguena", donde es de admirar especialmente la guitarra clásica de Ben; de hecho, las Malagueñas son una variedad del flamenco que se hacen acompañar de guitarra, y la que aquí escuchamos le debe mucho a la que Isaac Albéniz incluyó en su suite "España". Menos inquieta pero igual de atrayente es "Novela", exclusivamente a guitarra y teclados, mientras que un cierto aroma a 'smooth jazz' asoma en cortes como "Pancho's getaway" o alguno de los ya comentados ("Ramona's ritual rhumba" o "Fabled dancer / Malaguena", por ejemplo). Para terminar el álbum, un nuevo acercamiento a la cultura indígena ("Maidens of the flute clan"), pues "la flauta es la raíz de la música tradicional mexicana". Y aunque se puedan destacar algunas de las canciones mencionadas por su ritmo, fuerza y tipismo, predomina poderosamente el carisma y poderío de "Coyote moon", soberana creación con el mágico influjo de la luna llena, en la que guitarras y una gran percusión desarbolan una agitada melodía que por momentos logra impregnar en sus notas la aridez desértica, la soledad de aquellas inmensas llanuras en las que se pueden ver rodar estepicursores y volar a los buitres, y por supuesto, ya de noche, escuchar el lastimero aullido de los coyotes.
 
Tras su paso por Global Pacific, King fundó en San Antonio (una gran ciudad, con una de las más fuertes comunidades mexicanas en los Estados Unidos) su propia compañía, Talking Taco Music, y ahí ha seguido publicando sus trabajos, entre los que se encuentra la música compuesta para varios programas de la cadena PBS. La revista TIME llegó a destacar la proyección de este norteamericano de alma hispana ("mi ADN es estadounidense y filipino, pero mis oídos son mexicanos"), que inauguró la década de los 90 con un trabajo abierto y auténtico, más allá del Tex-Mex, el folclore o las canciones de cantina. "Coyote moon" es todo eso y es mucho más, es una apuesta por la fusión de jazz y world music, de ambientes y mariachis, en un entorno festivo y soleado, una oportunidad para viajar instrumentalmente al México más cercano a los Estados Unidos, de la mano del fenomenal guitarrista Ben Tavera King.

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24.2.14

CONNIE DOVER:
"Somebody"

Aunque ya eran bastantes las voces femeninas de corte celta que acaparaban elogios a comienzos de los 90, la resaca del mercado era de tal calidad y la demanda tan amplia que permitía incorporar nuevas y talentosas artistas que profundizaran en esa misma linea estilística. Y como en el caso de Loreena McKennitt, Cherish the ladies o Talitha Mackenzie, el talento podía provenir de allende los mares, de los territorios por donde se había extendido la sangre celta, en este caso de los Estados Unidos. Nacida en Arkansas y criada en Missouri, Connie Dover no poseía excesivas influencias musicales en la familia, salvo la faceta de cantante de su abuela, algunas de cuyas canciones se incluyen en el repertorio de la nieta. En la adolescencia descubrió casualmente el folk-rock británico de Steeleye Span gracias a una emisora de Kansas City (la ciudad más grande del estado de Missouri), y ya no pudo despegar de su mente esa música tradicional que le supuso, en sus propias palabras, "una vuelta a casa" (no es difícil que muchos norteamericanos posean raíces, a veces lejanas, en los territorios celtas), tanto que se embarcó en unos estudios musicales que la llevaron a la universidad de Oxford, así como a Escocia e Irlanda.

Scartaglen era el nombre de la banda de música celta que Connie formó en Kansas City y perduró de 1982 a 1994. Mientras tanto, como admiradora de grupos como Silly Wizard, escribió a Phil Cunningham para que le produjera su primer álbum en solitario. Phil se dio cuenta enseguida de que podía pulir una joya, y se convirtió no sólo en productor sino en valedor de Connie Dover, y aparte de tocar sus instrumentos característicos en su primer disco, arrastró al mismo a algunos buenos amigos e intérpretes consumados. El trabajo en cuestión, de título "Somebody", fue publicado por Taylor Park Music en 1991 con el añadido de 'Canciones de Escocia, Irlanda y los primeros Estados Unidos', y podemos encontrar una edición española de 1992 con las correspondientes traducciones al castellano, gracias a Sonifolk. Como inicio del álbum, "Somebody" es una delicia tradicional con arreglos de Connie Dover, una canción del siglo XVIII sobre el trono de Escocia en la que se ha añadido la melodía irlandesa "The star of the country down", donde la voz se adapta perfectamente al ritmo mecedor y a la melodía suspirante. También tradicionales de Escocia e Irlanda son "The Baron of Brackley" (animada balada basada en un robo de ganado ocurrido en 1666, en un estilo que se podría parecer al de ciertas composiciones de Loreena McKennitt), "Lough Erne's shore" y los conocidos versos de "O'er the hills and far away", a los que Connie añade una música propia de enorme magnitud y carácter. Esa faceta de compositora se manifiesta especialmente en dos instrumentales en forma de 'aire' (tonada celta de ritmo lento), uno inspirado por el castillo de Edimburgo ("On castle rock") y otro dedicado a su abuela materna ("An air for Mary Tipton"), dos acertadas composiciones en las que se nota especialmente la mano de Phil Cunningham en los arreglos. No podían faltar otro par de canciones tradicionales naturales del estado de Missouri, que ayudan a diversificar aún más la influencia celta, en este caso de aroma americano: "Jack of diamonds" (del siglo XIX pero remontable a otra melodía escocesa anterior, "Farewell to Tarwathie") y "Shenandoah" (famosa canción de barqueros del río Missouri). Del cantautor galés Huw Williams es la pieza que cierra el álbum, "Rosemary's sister", basada en la enternecedora historia de una joven que perdió a su hermana en los bombardeos sobre Londres en la Segunda Guerra Mundial. Para el final resta el comentario sobre la que posiblemente sea, con permiso de "Somebody" y "O'er the hills and far away", la mejor canción del álbum, la más radiada del mismo y la más diferente por su esencia antigua y religiosa: "Cantus" combina la canción navideña del XIV "Personent hodie" con dos poemas marianos de la Irlanda medieval (bajo el título particular de "Jesukin") musicados por Connie Dover; la pieza permite el lucimiento de la vocalista americana, pero no hay que olvidar los majestuosos nombres que le acompañan el todo el álbum en los instrumentos principales: Mánus Lunny (guitarra, bouzouki), Christy O'Leary (gaita irlandesa, flauta irlandesa), Aly Bain (violín) y por supuesto Phil Cunningham (teclados, acordeón, flauta, cistro, guitarra acústica y percusión). Además, Neil Hay (bajo sin trastes), Gary West (cauld wind pipes) y Marcos watt (cajas). Varias canciones de este trabajo formaron parte de diversos recopilatorios de interés, tanto en España por medio de Sonifolk y su colección Lyricon ("O'er the hills and far away" en "Celtas", o "Cantus" en "Música para desaparecer dentro vol II"), como en norteamérica por parte de Narada ("Somebody" y otras tres canciones posteriores en "Heart of the celts: Songs of love" -compilación que comparte con Karen Matheson, Aoife Ní Fhearraigh y Maighréad Ní Dhomhnaill-, así como "Cantus" y tres canciones más en "Celtic voices: women of song" -otro recopilatorio compartido, en esta ocasión con Mary McLaughlin, Mairéid Sullivan y Emma Christian-).

Resulta paradójico que en los dos grandes discos en solitario del genial músico escocés Phil Cunningham ("Airs & Graces" y "Palomino Waltz") no se escuchen voces, mientras que sus trabajos como productor se basen principalmente en grupos e intérpretes que utilizan activamente la voz en su música. Aparte de sus propios álbumes, esta bestia de la música celta ha producido entre otros a Bonnie Raitt, Cherish the Ladies, Dolores Keane, Altan, Wolfstone y, por supuesto, Connie Dover. El registro de esta norteamericana que ha llegado a ser comparada con Joan Baez es perfectamente apropiado tanto para el folclore celta como para la tradición medieval, como demuestra en cada uno de sus trabajos. Kansas City le ofrece ambientes tanto rurales como urbanos para desarrollar su creatividad, que aparte de la música desarrolla a través de la poesía o la cocina. La popularidad de sus discos y su premio Emmy en 2007 por su trabajo en el documental "Bad Blood: La Guerra de Fronteras que desencadenó la Guerra Civil" podrían ser suficientes para definirla, pero es en la escucha de sus canciones cuando se descubre a Connie como una 'elegida' para continuar con la transmisión de un tipo de música inmortal.



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30.1.14

VARIOS ARTISTAS:
"A winter's solstice"

Presentar los productos más importantes de una compañía discográfica, ya sea temporal o temáticamente, en forma de samplers o discos recopilatorios no es nada nuevo, ni lo era cuando Windham Hill y Narada competían en los 80 por la supremacía en el mercado -americano y mundial- de la música de la nueva era. "Windham Hill Records Sampler", seguido del número del año en cuestión, fue la oferta anual del sello de Will Ackerman desde 1981 (Narada los denominó "Narada sampler" y "Narada collection"), y "An evening with Windham Hill Live" supuso un detalle de distinción al ofrecer una estupenda selección de composiciones en vivo de sus mejores artistas. Esa oferta sin embargo se tornó incluso más sugerente a comienzos de 1986, al publicar una compilación temática en la que, por vez primera en esta compañía, las canciones eran exclusivas, composiciones no incluidas en los trabajos de los músicos implicados sino de dedicación plena para el tema en cuestión, en este caso la navidad, bajo el apasionante título de 'solsticio de invierno'.
 
"A winter's solstice" era la referencia número 45 en estos primeros diez años de Windham Hill, y sólo apareció unos meses después de otro extraño recopilatorio titulado "Windham Hill Records Piano sampler", extraño por no reunir a músicos del sello (salvo a Philip Aaberg o el futurible Tim Story) sino a otros más desconocidos (Michael Harrison o Richard Dworsky), con canciones tanto nuevas como ya conocidas o publicadas ese mismo año 1985. Volviendo al trabajo que nos ocupa, "Jesu, Joy of man's desiring" es el elegre tema de comienzo, a cargo de David Qualey. Habíamos escuchado unos años atrás la interpretación de esta colosal miniatura de J. S. Bach por parte de George Winston en esta misma compañía ("Joy", en su álbum "December"), pero la guitarra de este efímero artista en Windham Hill consigue un nuevo punto de vista en la misma partitura, un estupendo inicio al que siguen Ira Stein y Russel Walder con "Engravings II", una calmada pieza de aromas medievales escrita por Ira. Will Ackerman no podía faltar a esta cita con otra inmensa guitarra (acompañada por el cello de la miembro del Kronos Quartet, Joan Jeanrenaud), mientras que el primer solo de piano lo introduce un tranquilo Philip Aaberg, que reinterpreta "High plains", pieza que daba título a su primer álbum en la compañía californiana. Numerosos álbumes de esta primera época de Windham Hill atestiguan que en su nómina se habían unido grandes artistas y que algunos de ellos estaban en un soberano estado de gracia. Sin ir más lejos, Billy Oskay y Micheál Ó Domhnaill presentaban a continuación una de esas cancioncillas navideñas que se han convertido en pequeños clásicos de las nuevas músicas, la evocativa "Nollaig", que en gaélico quiere decir, precisamente, navidad; Nightnoise aún no había alcanzado su madurez (de hecho el grupo aún no había presentado su primer plástico bajo esa denominación) pero este dúo dejaba su impronta en esta compilación que continuaba con el conocidísimo "Greensleeves" a cargo de la pianista Liz Story, una pieza que regrabará durante la siguiente década con un tempo algo más acelerado para su álbum, también navideño, "The gift". El desfile de nombres continúa con Mike Marshall y Darol Anger (con otra pieza de Johann Sebastian, "Bach bourée"), Malcolm Dalglish ("Northumbrian lullabye") y se cierra con otros dos nombres de excepción: el trompetista Mark Isham interpreta "A tale of two cities", un emblemático himno de su autor desde entonces, y el siempre reverenciado grupo Shadowfax, con la sonoridad del lyricon (esa especie de flauta electrónica interpretada por Chuck Greenberg) por bandera, aporta "Petite aubade", el único tema no compuesto exclusivamente para la recopilación (si exceptuamos la comentada regrabación de la pieza de Philip Aaberg), ya que venía recogido en el álbum "Watercourse way".
 
La serie "A Winter's Solstice" continuó durante varios años hasta completar seis interesantes entregas, aparte de otras dos tituladas "A Winter Solstice Reunion" y "Winter Solstice on Ice". Además, "The essential Winter's Solstice" era un doble disco que recogía 28 composiciones de la serie, cuatro de ellas del primer volumen, las interpretadas por Liz Story -que abría el álbum-, David Qualey, Will Ackerman y Mark Isham. Caso aparte en esta sucesión de samplers navideños eran la inclusión de villancicos interpretados conjuntamente por varios artistas de la compañía (acreditados como Windham Hill Artists), destacando especialmente "Carol of the bells" como primer ejemplo en la cuarta edición (villancico ucraniano que había popularizado George Winston años atrás) o "Angels we have heard on high" en la quinta, la primera de la saga en la que, curiosamente, aparece el mencionado George Winston (en esta ocasión junto a Keola Beamer), un Winston fijo desde entonces en la serie. Cualquiera de esos ocho volúmenes son altamente interesantes, si bien el primero de ellos fue el más original, el auténtico, el que primero llevó a los espectadores la magia navideña en portadas estupendas y músicas maravillosas.

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VARIOS ARTISTAS: "An evening with Windham Hill live"
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29.12.13

SCARLET RIVERA & TOMMY EYRE:
"Behind the crimson veil"

Una de las muchas pequeñas historias de la música del siglo XX nos cuenta cómo la casualidad provocó que una guapa muchacha con aspecto de gitana que paseaba el 30 de junio de 1975 con la funda de su violín por la calle trece del Lower East Side neoyorquino, fuera abordada por un "feisimo coche verde" desde el cual el auténtico Bob Dylan le propuso una audición para entrar en su banda. El aspecto y el virtuosismo se aunaron en este caso en la figura de Scarlet Rivera, violinista estadounidense de verdadero nombre Donna Shea, que colaboró activamente con Dylan en dos de sus álbumes más recordados, "Desire" y "Hard rain", además de participar en la gira de 1975 Rolling Thunder Revue tour, durante la cual destacó por su sentido del ritmo y su maquillaje serpentino, además de suscitar ciertos rumores sobre un posible romance con su 'jefe', que estaba en pleno proceso de reconciliación con su esposa Sara.
 
Scarlet, que se había creado un nombre tras su colaboración con Dylan, intervino posteriormente en numerosos álbumes de Tracy Chapman, Indigo Girls, Keb Mo' y otros músicos (girando además con algunos de ellos), y como solista de violín en la Duke Ellington Orchestra. De la psicodelia de sus primeros trabajos en solitario (que 'olvida' en su web oficial) pasó de golpe, tras su matrimonio con Tommy Eyre en 1991, a un lirismo muy asequible y melódico. Eyre, teclista británico que falleció en 2001, también contaba con una grata fama por sus colaboraciones con Joe Cocker (tocó en la irrepetible "With a little help from my friends"), Gary Moore, Mick Jagger, Greg Lake o el dúo Wham! entre muchos otros. Juntos, Rivera y Eyre, lograron en sus álbumes de los 90 una buena conjunción de teclados y violines, suscribiéndose sin pudor a categorías tales como world music, música celta o new age. Estos dos talentos que son más conocidos realmente por esos trabajos con otros artistas que por sus propios discos, lograron en 1994 la cumbre de su carrera conjunta con "Behind the crimson veil", álbum en el que la lujuriosa sonoridad del violín de Scarlet domina el conjunto, al que se añaden los teclados de Tommy, actuando esencialmente como fondos melódicos o texturas ambientales, y la percusión del solicitado Bobbye Hall. Cada composición es como un cuento de naturaleza exótica donde cálidos violines, de enorme cromatismo, se aferran a vistosas cadencias bajo las que se debaten los teclados. Lo que parecen lejanos recuerdos afloran en ambientes de cierta sensibilidad, que contrastan con otros momentos de euforia casi tropical. El álbum comienza con su tema más difundido y afortunado, "Long ago and far away", que presenta una melodía desenfadada y exultante en un contexto con guiños orientalizantes, consiguiendo un insólito divertimento en el que el violín es el claro protagonista. El corte que da título al disco, "Behind the crimson veil", parece ser una pieza menor, más personal, pero sin embargo contiene una gran demostración de clase en un enorme clímax, y en su final también de escalas orientales. El sugerente fondo de teclados se deja envolver por las cuerdas en un agradable "Dante's dream", imaginativo y fácil de escuchar, al igual que "Sea of tranquility", mientras que un falso viento releva al violín en parte de "Spiral dance", agraciada tonada que toma caminos de una new age folclórica, con aroma a océano pacífico. Precisamente la segunda gran composición del trabajo, de título "Spring fever", profundiza de nuevo en esta línea de esas alegres melodías que bien podrían provenir de la imaginación de algunos artistas del sello Global Pacific, como otro violinista de excepción, Steve Kindler. El teclado más parecido al piano tiene en "The threshold of paradise" su momento para contarnos una pequeña historia, y en la recta final del álbum nos despiden esta aventura que viaja del índico al pacífico la movida "To catch a dream by the tail" y una melancólica "The magical mirror". La facilidad del sonido presentado en este compact disc no desluce su interés, ya que Rivera y Eyre, como matrimonio que eran, se compenetran perfectamente -con lucimiento especial de la fémina-, en un todo equilibrado, colorido y preciosista.
 
El sello alemán Erdenklang auspició este trabajo en 1994 en su etiqueta Silent Beauty, que pretendía alejarse un tanto de la electrónica más característica de esta discográfica para centrarse en sonidos más fusionados, en una onda new age. La portada, muy visual, corrió a cargo de Dorothea Ritter, y la producción del propio Tommy Eyre. Cuatro años después, BCI Music publicó una reedición del álbum con cambio de portada ('The pet leopard', del pintor y grabador orientalista francés Jean-Joseph Benjamin-Constant), alterando además el orden de las canciones. Nada tiene que ver este trabajo con los de Bob Dylan, ni en sonido ni en repercusión, si bien Scarlet Rivera depositó en él la misma esencia exótica que otorgó a la gira Rolling Thunder Revue del famoso músico de Minnesota, el mismo que la reclutó cuando iba por la calle en esa ciudad, Nueva York, en la que todo puede ser posible.

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