6.12.14

RYAN TEAGUE:
"Field drawings"

Situada en el sudoeste de Inglaterra, Bristol es una populosa ciudad portuaria que, en cuestiones musicales, se hizo famosa en los 90 por el trip-hop de Massive Attack, Tricky o Portishead, el mundialmente conocido como 'sonido Bristol'. Poca relación guarda Ryan Teague con esta música que ha llevado el nombre de su ciudad de residencia a todo el mundo, si bien posee también características avanzadas y sugerentes. El nacimiento de este artista tuvo lugar en 1980 a más de 200 kilómetros, en Cambridge, y aunque desde allí pudo vivir la explosión de aquellos ritmos urbanos, él se concentró en la utilización clásica de unas influencias parecidas, vibrantes, que acabaron encontrando acomodo dentro del moderno minimalismo. Tras sus inicios en Type Recordings (donde publicó el imprescindible "Coins & Crosses") y la selecta discográfica berlinesa Sonic Pieces, el sello encargado de publicar el excelente "Field drawings" en 2012 fue Village Green, compañía independiente londinense que se autodefine como una plataforma para artistas de pop alternativo, 'modern classical', minimalismo, música electroacústica y ambient.
 
Difícil de catalogar, absorbente en su escucha, la música de Ryan Teague encandila por momentos, presa de una incontrolable avalancha de ideas, tanto acústicas como electrónicas. Bien encauzada esa combinación, provoca trabajos como este, de sugerente magnetismo. "Shadow play" es un comienzo hermoso y exuberante, una pieza que parece estar viva, en la cual es asombroso sentir su elegante desarrollo y disfrutar con la elección de efectos e instrumentación. En "Cadastral survey" entran a escena las cuerdas, poseedoras siempre de una cierta magia en una pieza que se hace corta, pues parece tener más cosas que decir, más posibilidades de desarrollo. Como una caricia furtiva, así embelesa "Cascades", delicada miniatura en la que el teclado suena como una caja de música y nos adentra en un mundo fantasioso, sencillo pero de gran belleza. El baile continúa en "Counter turn", a lomos de un minimalismo elegante que puede oscilar entre Nyman y Mertens, si bien presenta esencialmente un estilo circense próximo al de Yann Tiersen, que continúa en otros cortes del trabajo, como "Prime movers" (repetitivo, consecuente con la estética del nuevo minimalismo, aséptico pero rudo y directo) o "Tetramery" (con su frenesí orquestal). Teague acomete de manera fabulosa el estilo neoclásico, y acierta plenamente en piezas como "Games for two", deliciosa tonada en la que la carga folclórica que aporta el violín la conduce a un nuevo terreno fantasioso, a través de un espejo resplandeciente. No se detallan en el trabajo los instrumentos utilizados, por lo que la imaginación entra en juego notablemente, por ejemplo en "Summary of the article" el instrumento principal parece como de percusión aunque suene a teclado, mientras que en los siguientes cortes aparece el repiqueteo de lo que parece un glockenspiel: "Cell cycle" vuelve a acercarse al minimalismo (de manera más envolvente, con un fondo de cierto carácter glassiano sobre el que se construye una pasional melodía) y "Anesidora" (una partitura delicada con un final atmosférico bastante penetrante). Llegando hacia el final, "Neo" es otro pequeño delirio de la fructífera modernidad onírica que había inaugurado el álbum, y "Tableau III" es un delirio ambiental, una despedida profunda continuación de "Tableau I" y "Tableau II" (ambas de "Coins and crosses"). En un resumen poético, "Shadow play" se alza como un esperanzador amanecer, la promesa de un nuevo día lleno de posibilidades en un universo privado, luminoso, en el que sólo Ryan parece saber dibujar los bocetos, momentos mágicos como "Cadastral survey", fantasiosos como "Cascades", reflexivos como "Games for two", de un cierto agobio ("Cell cycle") o incertidumbre ("Anesidora"), o reflejando en general una realidad rutinaria aunque perfectamente llevadera, alegre y confiada, que culmina con una marcial entrada de la oscuridad.
 
La escucha de este brillante, artístico y autoproducido trabajo auguraba un futuro muy risueño a este joven artista al que no se le puede perder la pista, pues continúa ofreciendo bellos ejercicios de clase y estilo en diversos registros. En su maravillosa inquietud, ha llegado a vivir nueve meses en Java (Indonesia) para estudiar la música tradicional de gamelán. Utilice o no estos y otros conocimientos en sus nuevos trabajos, la firma de Ryan Teague promete emociones intensas e imaginación desbordante, un sonido particular y auténtico que se puede encontrar en cada una de sus creaciones, por ejemplo en los doce cortes que a modo de ensayos (una pena que no desarrollara más profundamente algunos de ellos) pueblan "Field drawings", definido por la crítica como un álbum meticulosamente construido y elegante.
 
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RYAN TEAGUE: "Coins & Crosses"





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19.11.14

LIZ STORY:
"Solid colors"

A la sombra del exitoso y estimulante piano de George Winston surgieron en los 80, en los sellos norteamericanos de la aceptada como new age, una serie de nuevos artistas, jóvenes pianistas que complementaban con sobrada calidad y mayor o menor repercusión los catálogos de dichas compañías. Pocos de esos nuevos genios del piano eran mujeres, por eso destacó a comienzos de los 80 que Windham Hill aportara esa sensibilidad femenina a su catalogo, en el que sólo había visto la luz el trabajo de una mujer en solitario, el de Linda Waterfall para la segunda referencia del sello en 1976. La californiana Liz story fue la siguiente (Barbara Higbie se le adelantó sólo unos meses, pero esa todoterreno grabó sus discos a dúo con Darol Anger, antes de que ambos formaran el grupo Montreux junto a otros nombres relevantes como Mike Marshall o Michael Manring), y el cada vez más amplio público seguidor de Windham Hill se encontró con una fabulosa interprete de piano jazz en su primer álbum, "Solid colors", publicado en 1982.

Con una importante formación clásica de cierta precocidad, Story se enamoró del carácter improvisativo de la música del influyente y refinado pianista de jazz Bill Evans cuando le vio tocar en Nueva York, y comenzó a estudiar jazz en serio en Los Angeles. Tocó en un restaurante, improvisando su repertorio en su mayoría, y fue en esa época cuando decidió enviar una maqueta de sus composiciones a Will Ackerman, pensando que el estilo preconizado por Windham Hill casaba perfectamente con el suyo. Ackerman la acogió y apadrinó, naciendo así una exitosa intérprete, especialmente en los Estados Unidos. Grabado en San Francisco y producido por Ackerman, en "Solid colors" se dan cita diez composiciones de colores suaves pero poseedoras de la solidez que marca el título del disco y la portada del mismo, la obra 'Unaccountable bluish glow' del pintor angelino Michael S. Moore. Liz Story posee una forma muy descriptiva de tocar el piano, tal vez no fuera la manera más atractiva ni del panorama de la música instrumental en general, ni del jazz, ni por supuesto de una compañía que albergaba, entre otros, a George Winston o Philip Aaberg, pero sus partituras, a modo de música para película muda, enganchan de manera extraña, más allá de demostraciones de técnica o melodías sencillas o presumiblemente sensibles viniendo de una mujer. Efluvios de un jazz suave inundan la mayoría de las piezas, de forma más activa ("Pacheco pass", "Things with wings", "Solid colors") o contemplativa ("Bradley's dream", "Water caves"), posándose en otras un componente jubiloso que les hace tomar el aspecto de pequeñas plegarias interpretadas con amor y gracia hacia las alturas ("Without you", "Hymn", "White heart"). Hasta cuatro de las composiciones de este trabajo (un número bastante elevado, que deja claro el nivel de inspiración para el debut discográfico de una pianista desconocida hasta el momento) sonaron y han seguido sonado con cierta fluidez en emisoras de jazz y new age y aparecido en recopilatorios de todo tipo del sello Windham Hill: "Wedding rain" (un paseo improvisativo muy afortunado que sirve de apertura al trabajo), "Hymn" (un pequeño himno de marcado estribillo), "Solid colors" (pieza cabalgante que atrapa por su carácter desenfadado y alegre) y "Bradley's dream" (muy soñadora, una fantasía de hermoso envoltorio y atrayente desarrollo). Liz Story alcanzó el número 21 en la lista de jazz del Billboard con este disco de debut, que culmina con el color blanco, puro y hermoso del homenaje definitivo a Bill Evans, la sentida interpretación de uno de sus temas más emblemáticos y elegantes: "Peace piece".

Windham Hill aglutinó en su catálogo a una serie de músicos excepcionales que podríamos denominar como artesanos de la música instrumental, aunque se siguiera asociando a la compañía con la etiqueta new age. Tal denominación, por supuesto, no se acercaba a las intenciones ni a la categoría de la mayoría de ellos, esos Will Ackerman, Alex de Grassi, Philip Aaberg o George Winston, en los que confluían folk, jazz e incluso música clásica. Liz Story, de hecho, llegó a odiar el término new age, al que consideraba una falta de respeto y un cajón desastre en el que introducir lo que no encajaba en las demás denominaciones: "Cuando la gente me pregunta qué hago, les digo que toco el piano en solitario. Dice mucho sobre el estilo de música que hago". El mismo año que otra pianista de excepción, Suzanne Ciani, publicaba el emblemático "Seven waves", Liz Story ofrecía otro tipo de interpretación alejada de ese trasfondo electrónico, la improvisación jazzística de un disco altamente recomendable titulado "Solid colors".


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30.10.14

KAREN MATHESON:
"The dreaming sea"

Considerando la inercia exitosa de la banda escocesa Capercaillie en los 90, a nadie le pareció descabellada la noticia de que su bella y carismática vocalista, Karen Matheson, comenzara una carrera en solitario, eso sí, sin abandonar el grupo que su marido, Donald Shaw, y ella misma crearan años atrás. Este no sólo le acompañaría en su particular viaje sino que se convirtió en el productor (además de compositor e intérprete) de "The dreaming sea", un trabajo excepcional, a la altura de los mejores de una banda que estaba en un momento dulce. Al igual que aquellos títulos importantes, "Sidewaulk", "Delirium" o "Secret people", Survival Records fue la compañía encargada de su publicación en 1996 (Valley Entertainment lo publicó en norteamérica en el año 2000), con una bonita edición limitada en caja de cartón dominada por la pureza del blanco, cuya portada presentaba una foto de Karen remando en un tranquilo lago, y que incluía seis postales en su interior, referidas a seis de las canciones del disco. Más interesante aún era la música desplegada en sus trece cortes, en los que el idioma inglés le gana al gaélico en número, si bien ambos encuentran sus momentos estelares en un acabado impoluto.

Tan encantadoras como la propia vocalista, las canciones desplegadas en "The dreaming sea" aportan una melodiosa tranquilidad a la carrera de la escocesa, restando énfasis celta a su trayectoria, convirtiéndola de golpe en una fulminante intérprete de folk, incluso con un delicado toque de estilo country. Aun así hay bastante de Capercaillie en el álbum, no en vano varios de los miembros de la banda arroparon -aunque algunos lo hicieran de forma efímera- a Karen en la instrumentación del álbum: James Mackintosh (batería), Marc Duff (flauta), Manus Lunny (voz) y por supuesto Donald Shaw (piano, sintetizador y acordeón) se unen a Gerry O'Conner (banjo), Fraser Spiers (armónica), Paul MacGeechan (teclados), Tommy Smith (saxo), Sorley MacLean (voz poeta en "Calbharaigh") y varios intérpretes de bajo, cello, percusiones, violas y violines. En legra grande hay que mencionar a James Grant, compositor, cantante y guitarrista escocés, que no sólo aporta su interpretación de bajo y guitarra sino que compone cuatro de las mejores canciones del álbum: "There's always sunday" (un comienzo radiante, una canción ligera pero con peso suficiente para servir de reclamo y en la que, sobre una exquisita producción, destaca el toque folkie de la armónica), "The dreaming sea" (la gran joya del disco, una deliciosa balada en inglés que glorifica a su autor y que según su postal de la edición limitada retrata, 'a merced del mar soñante', la placidez de playas maravillosas como las de la escocesa isla de Lewis), "At the end of the night" (sin ser destacada, es un bonito y disfrutable añadido) y "Evangeline" (el broche final, una pequeña y preciosa pieza muy folkie dedicada a la hija de Grant, la pequeña Evangeline, la misma niña rubia encantadora que aparece, como un angel, en una de las postales). Sobre Grant hablaba así Karen Matheson: "James escribe canciones increíbles para mí. Es muy poco reconocido (...) Donald y yo le conocimos en un momento en el que yo también me sentía muy vulnerable, James llamó a la oficina un día para ofrecerme algunas canciones y nos encontramos. Pensé que sus canciones eran fantásticas". Decía Donald Shaw en esa época que sus referentes musicales básicos eran muchos, música africana, latina, balcánica, algo de pop y rock, y autores folk norteamericanos como Shawn Colvin: "Estoy muy influido por cantautores de este tipo", afirmaba, y eso se nota en el primer disco en solitario de su esposa, si bien más en el tratamiento otorgado, pues en las composiciones arregladas por él, tanto en solitario como junto a Karen, hay un acercamiento casi total a la tradición escocesa en gaélico: "Rithill aill" (de acabado muy 'Capercaillie', ritmo celta-pop bailable, de hecho muy contagioso, hechizante, como lo fuera el fantástico instrumental "Dr. McPhail trance"), "Fac thu na feidh" (de igual estilo aunque un peldaño por debajo, y con un toque de smooth jazz que se notará más en diversos momentos del siguiente disco de Karen, "Time to fall"), "'Ic lain 'ic sheumais" (de melodía agradable, transmisora, como todo el álbum practicamente, de una felicidad que parece auténtica) y "An fhideag airgid" (pequeño himno celta imbuido de magia en el que Karen está acompañada de piano, cuerdas y vientos en un momento más intenso y trascendental, un nuevo instante destacado de un trabajo del que no se desea el final). Shaw aporta también dos canciones propias en inglés, "Move on" y especialmente "Early morning grey", un tema admirable eclipsado por las genialidades de James Grant. La infortunada cantante inglesa Sandy Denny encuentra la intimista versión de su canción "One more chance", guitarra y voz ejerciendo de enamorados en uno de los cortes más atrayentes de un álbum del que restan por comentar dos adaptaciones de poetas escoceses del siglo XX, una de Murdo MacFarlane, activista gaélico que se puede contemplar en su correspondiente postal, al cual ya recurrió Capercaillie en su trabajo "The blood is strong" ("Mi le m' uilinn", un sencillo corte muy personal a piano y voz en un principio, complementados posteriormente por los demás instrumentos, incluído el saxo), y otra de Sorley MacLean ("Calbharaigh", casi acappella sobre una base ambiental). En 1997, "Mi le m' uilinn" fue utilizado para cerrar el disco recopilatorio "Holding up half the sky: Voices of celtic women".

Sean Connery, otro escocés ilustre, se mostró encandilado al describir la voz de Karen como "una garganta tocada sin duda por Dios". Dificilmente se puede contradecir a todo un agente 007, aunque habría que asegurar que Karen es mucho más mundana y humilde de lo que parece transmitir con sus cuerdas vocales (una capacidad heredada de sus padres y en especial de su abuela Elizabeth MacNeil, reputada cantante de la isla de Barra, en las Hébridas), y que toda su fuerza se centra en unas canciones que si bien no compone, consigue hacer suyas. Su trayectoria en solitario continuó con "Time to fall", publicado en 2002, que intentaba seguir la estela de "The dreaming sea", y si bien el primer tramo del disco mantenía esa encantadora intensidad (de nuevo con la colaboración de James Grant en la mitad del álbum), no acababa de lograr un conjunto de canciones tan completo y acertado, situación más acusada en el trabajo de 2005 "Downriver", última muestra de un folk de esencia escocesa (de hecho en este último trabajo recuperó un repertorio esencialmente gaélico bajo la producción del mítico Donal Lunny) que merecía un mayor reconocimiento por parte del panorama musical en general, en especial este monumental álbum de debut, "The dreaming sea", que va más allá de cualquier disco de Capercaillie.

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29.9.14

AZUL Y NEGRO:
"Suspense"

Cerca de alcanzar el punto medio de la alocada década de los 80, los músicos españoles que más discos vendían en nuestro país eran cantantes consagrados como Serrat, Julio Iglesias o Miguel Ríos, grupos en el estrellato como Mecano, Alaska o Mocedades, y otros que ya despuntaban en sus inicios como La unión o Radio futura. Ninguno de ellos fueron los primeros artistas españoles que grabaron en CD, es decir, aprovechando al máximo la tecnología que ya apuntaban Azul y Negro en el título de su álbum de 1983, "Digital". Ese plástico, a modo de recopilatorio de sus dos primeros LPs, alcanzó un brillante tercer puesto en las listas de ventas españolas el mismo año que "La noche", su trabajo más tecno-pop, llegaba al número 4. Ya fuera por lo novedoso de su sonido, por mediación de su productor Julián Ruiz, o simplemente por estar en el sitio y momento adecuados, Mercury decidió apostar por Azul y Negro para esa grabación digital, y se prensaron en Alemania 400 copias del primer CD español, el nuevo disco del dúo de Cartagena, "Suspense", una apuesta hacia un pop avanzado pero asequible, sin abuso de secuenciadores y ritmos programados, y que sin embargo, a pesar de una sobrada calidad, momentos muy pegadizos y la ya habitual utilización de algunos cortes en televisión y publicidad, no alcanzó las cifras de los dos anteriores, llegando, eso sí, a un meritorio puesto número 14 en las listas, en las que permaneció 19 semanas.

El potente y estilizado sonido desplegado en "La noche" iba a ser matizado en esta nueva obra, retornando de alguna manera al tipo de canciones que copaban la cara A del disco de debut del grupo, "La edad de los colores", en cuya primera edición (que aún no incluía el hit de la vuelta ciclista "Me estoy volviendo loco"), destacaban temas como "No controlo nada" o "La torre de Madrid", otorgando un gran protagonismo -toda la cara B- a los instrumentales. Carlos García Vaso y Joaquín Montoya, los integrantes del conjunto, habían aprendido mucho en estos dos años, y sus aspiraciones quedaron plasmadas en este nuevo álbum de artística y cuidadísima portada (obra del ilustrador Orestis). Aparte de en el título y letra de una de las canciones, la influencia de Alfred Hitchcock, como maestro del suspense, parece estar presente en todo el trabajo, por ejemplo en la deliciosa entrada instrumental al mismo, la propia "Suspense", en la que se pueden ver reflejados el misterio y la intensidad de algunas de aquellas películas míticas. Precisamente este tema, "Suspense", es más que un corte introductorio, es otro fabuloso instrumental que deja bien claro el fenomenal estado de forma del dúo, el primero de los dos instrumentales puros del álbum, curiosamente abriendo y cerrando la obra. El que la culmina con un cálido encanto, "Agua de luna", es incluso superior, más pegadizo, presentando un cierto componente infantil muy divertido, tal vez por eso fuera utilizado en el concurso televisivo 'Los sabios', que presentaba una joven Isabel Gemio. Cerrando el capítulo de instrumentales, habría que mencionar a "Jíbaro", que si bien estaba cantado en un lenguaje inventado, presuntamente amazónico, esas mismas voces podrían considerarse como un instrumento más en el conjunto de una animada y exótica pieza semiinstrumental, inspirada en una aventura que el hermano de Carlos, José, había vivido en el río Amazonas. Vaso parece encargarse de esta faceta instrumental, de igual modo que Montoya lo había hecho en "La noche" (firmando en solitario sus grandes hits sin palabras, "Isadora","Fantasía de piratas", "Fu-man-chu" y "Me estoy volviendo loco"), un Montoya que por el contrario despunta como creador de dos de los tres sencillos del álbum (junto a Julián Ruiz y Marianne Forrest). Resulta sorprendente la facilidad que tenían estos cartageneros para encontrar melodías agraciadas sin necesidad de palabras, pero no hay que olvidar que "Suspense" es un disco dominado especialmente por los temas vocales, canciones acertadas y con sobrada fuerza para conformar un álbum especial, dignísima primera grabación digital en España. "Funky punky girl" (compuesta por Carlos Vaso), es una canción pegadiza con innegable gancho, que fue utilizada eficazmente en publicidad tecnológica (de la marca Phillips) o de nuevo en el mundo del ciclismo (fue sintonía de la Volta a Cataluña 1984) y, como sucedió con la excepcional "The night", con pretensiones en el mercado anglosajón. No en vano el idioma utilizado en las canciones del disco, inglés en todo momento (ideadas por la escocesa Marianne Forrest, a la sazón cuñada de Carlos Vaso), anuncia un intento de asalto a Europa que, incomprensiblemente, no acabó de concretarse. No fue "Funky punky girl" sin embargo el primer single del disco, honor cedido al corte que inspira la portada, "El hombre lobo", que presenta un comienzo original, enérgico y poderoso, que mantiene durante todo su desarrollo. Su elección como primer sencillo parece deberse a que encajaba mejor con el tecno que dominaba su anterior disco, haciendo así más cómoda para el público la transición hacia el pop avanzado. También "Hitchcock makes me happy" fue un importante tercer sencillo, otra espléndida canción de estribillo pegadizo y con una monumental entradilla instrumental que servía de cabecera al anteriormente mencionado concurso 'Los sabios'. "Sunny day", con su marcado bajo y cantada con sensualidad, tampoco es precisamente una canción de relleno, tanto ella como "Jíbaro" o "Suspense" son de esos temas que, sin ser destacados, tanto aportan en el conjunto de un álbum. De igual manera, "Infarto" (titulada "Herzanfall" en algunas ediciones) no es tan pegadiza como las demás canciones, aunque eso no significa que sobrara en este conjunto grato y estimulante con dominio del habla anglosajona, lo que se atenúa en cierto modo en la canción que resta por mencionar, "Es hora de bailar", por su estribillo en castellano. En el ambiente electrónico general, con grandes teclados y percusiones, las guitarras de Vaso también se dejan escuchar en buena parte del álbum respondiendo a las melodías de sintetizador ("Suspense", "Infarto"), acometiendo partes destacadas (el comienzo de "Jíbaro") o interpretando solos al final de alguna pieza ("Hitchcock makes me happy", "Es hora de bailar").

Este disco se grabó en los madrileños estudios Audiofilm en 1983, inmediatamente después de otro proyecto de Vaso y Montoya, de nombre Cinemaspop, en el que realizaban versiones en clave tecno-pop de bandas sonoras inmortales como 'Los 7 magníficos', 'El bueno, el feo y el malo', 'Casablanca', 'Zorba el griego' (que fue el elegido para promocionar el disco) o el tema de James Bond. Sin embargo, y dado el éxito que aún estaban cosechando los anteriores plásticos del dúo -esos puestos 3 y 4 anteriormente mencionados-, Mercury decidió esperar un poco y publicarlo en 1984. "Suspense" es un disco afortunado, exultante, un pequeño clásico del pop avanzado tecnológicamente de los 80 en España, haciendo más hincapié en las canciones que en los instrumentales, con varios cortes gratamente recordados que tal vez merecieran un mayor reconocimiento allende nuestras fronteras. Julián Ruiz realizó un fenomenal trabajo de producción y puso de nuevo su granito de arena en el sonido fresco y atrevido de Azul y Negro, un dúo carismático y gratamente recordado, uno de los grupos españoles que mejor han marinado teclados y guitarras con moderno sentido melódico.

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31.8.14

MADREDEUS:
"O espírito da paz"

La consolidación internacional de una banda como Madredeus no tuvo que esperar excesivo tiempo, dada la exquisita combinación de gloriosa instrumentalidad y poesía vocal que el grupo pregonaba en álbumes como "Os dias da Madredeus" y en especial "Existir", que en Portugal alcanzó un indiscutible número 1, y en su gira europea logró un lleno tras otro. España, Francia o Bélgica se rindieron ante Teresa Salgueiro y los suyos, si bien la mayor sorpresa vino de mucho más lejos, dado su gran éxito en Japón, país que visitaron antes que Estados Unidos, y en el que fueron felicitados por la propia familia del Emperador Akihito. Estos portugueses prolongaron en 1994 su idilio con la belleza al publicar EMI su nuevo plástico, de título "O espírito da paz", que iba a marcar un pequeño cambio en su trayectoria al abandonar el grupo a posteriori su teclista y miembro fundador junto a Pedro Ayres Magalhaes, Rodrigo Leao. El disco fue ideado en Estoril, con vistas al mar, instantes de la misma paz que refleja el título del mismo, y que se corresponde con una música de difícil parangón y de sensible añoranza. Magalhaes indica que "todo el grupo fue determinado para encontrar, en primer lugar, una imagen plástica del llamamiento a la saudade, a la espera. La forma cómo el grupo se presenta, sentados, inmóviles, esta decisión de presentarse así, es en sí su mensaje más importante". De esta manera, y retomando la idea del videoclip de "O pastor", "O espírito da paz" presenta una de las más bellas portadas que las nuevas músicas de los 90 nos pudieron ofrecer, una preciosa imagen en blanco y negro, poética como ninguna, de los seis músicos portando sus instrumentos en la búsqueda del sitio idóneo para desarrollar su don, el de encauzar la belleza de esos idílicos paisajes a través de su música. También ausente de color, la contraportada nos muestra a una pensativa Teresa Salgueiro, como una diosa que busca conversar con el sol. Ambas fotografías, como las de las portadas de los CDsingles, son obra de Inés Gonçalves, mientras que el omnipresente Magalhaes incorpora una de las montañas de Mongolia, realizada durante la gira mundial de 1993.

La formación de Madredeus para este álbum publicado en 1994 por EMI era la misma que había popularizado en 1990 canciones como "O pastor" o "O pomar das laranjeiras" en "Existir": Teresa Salgueiro (voz), Pedro Ayres Magalhaes (guitarra), Francisco Ribeiro (violonchelo), Gabriel Gomes (acordeón) y Rodrigo Leao (teclados), con la incorporación de un sexto hombre, José Peixoto (guitarra), otorgando un mayor protagonismo a las cuerdas, siempre más cerca de lo clásico que del pop. Entre marzo y mayo de 1994 Madredeus grabó en Inglaterra (en Londres, concretamente) dos discos, "O espírito da paz" y "Ainda", banda sonora del film de Wim Wenders "Lisbon story", que no se publicó hasta 1995. "Lisbon story" fue un importante acicate para el éxito de "O espírito da paz", pues generó mucha expectación en Europa. Pedro Ayres Magalhaes es el productor del disco y el autor en solitario de dos terceras partes de las canciones, si bien aparece acreditado en todas excepto "Pregao", exclusiva de Francisco Ribeiro. Esto da una clara muestra de la dirección que había tomado el grupo con el pasar de los años y el éxito, y fue en ese clima musicalmente célebre cuando Rodrigo Leao, saturado, decidió abandonar el mismo y explorar otras posibilidades sonoras en solitario, lo que a la larga le ha llevado a superar la estela dejada por su antiguo conjunto, gracias a obras monumentales como "Ave mundi luminar" o "Cinema". Muy poco después abandonarían también Gabriel Gomes y Francisco Ribeiro (el cual fallecería en 2010). "Minuete" es una sencilla introducción de corte clásico a la guitarra, enlazada con "Allegro", de atisbos folclóricos absolutamente ibéricos. Ambas forman "Concertino", presentación instrumental tras la que entra en juego la esperada voz de Teresa Salgueiro, con su melancólica interpretación de "Destino". Voz portentosa y refinamiento instrumental encuentran un punto álgido en el primer sencillo del álbum, "Os senhores da guerra", espléndida pieza que intentaba emular el éxito obtenido con "O pastor", posiblemente la gran canción de Madredeus, a la que sin duda se acerca bastante, desde el rítmico juego de cuerdas que sirve de entrada y base, hasta la intensidad general de un tema que fue objeto de horrible versión a cargo del grupo portugués de heavy metal Moonspell. Creación de Francisco Ribeiro, "Pregao" calma los ánimos con su aspecto de oración que suena a lugares lejanos, y que recuerda a su propio tema "Matinal", que abría el anterior plástico. El mar tenía que estar presente en un disco de un grupo lisboeta, y en "O mar" consiguen transmitir la paz que inspira cuando está en calma y se respira una refrescante brisa. El idioma portugués, añorante como pocos, también contribuye a esas sensaciones, que en definitiva son las que acababa sintiendo el público en sus conciertos. También evocativo es "Os moinhos", instrumental de bella factura, cercano a la monumental "As ilhas dos Açores" aunque sin alcanzar su nivel (parece que cada gran composición de "Existir" intentara tener su espejo en "O espírito da paz"). De la suite "Trés ilusoes" hay que destacar la primera de ellas, "Sentimento", con sabor a esos fados con los que deslumbraba la joven Teresa. "As cores do sol" es otra hermosa canción que no destaca especialmente porque anticipa los otros dos sencillos del álbum, canciones tan nostálgicas y penetrantes como "Ao longe o mar" (otro de esos momentazos que sólo pueden estar concebidos en portugués) y "Vem" (soberana interpretación de Teresa Salgueiro en el que para muchos es el gran corte del disco, afortunada conjunción de Magalhaes, Leao y Gomes, con videoclip de Wim Wenders, que pone el broche de oro al trabajo), antes de alcanzar el final con la más que correcta "Ajuda". Algunas ediciones en CD de este trabajo incluyen "O pastor" como último corte. Aunque "Existir" no había entrado en las listas de ventas españolas, la creciente fama del conjunto hizo que "O espírito da paz" estuviera en las mismas cerca de 40 semanas, llegando a alcanzar el número 8. Tres fueron los lanzamientos en single de este disco, "Os senhores da guerra" (que incluía "Pregao"), "Vem" (con "Ao longe o mar" y la interpretación en directo de "O pastor" del álbum "Lisboa") y, de manera promocional en España, "Ao longe o mar" (con las fechas de la gira -febrero 1995- en la contraportada). Años después, y aparte de en algún que otro recopilatorio, varias composiciones de este trabajo fueron utilizadas en dos proyectos curiosos y originales: "Vem (Alpha remix)", "O Mar (Moana Maru Remix)" y "Ao Longe O Mar (Astro's Reflect And Chill Mix)" -por Al Johnson- fueron las canciones remezcladas en el álbum "Madredeus electrónico"; por otro lado, "Essencia", el disco en el que Madredeus regrabaron algunas de sus canciones -25 años de carrera- con la voz de Beatriz Nunes, se abría con "Ao longe o mar".

Pedro Ayres destacaba sobre "O espírito da paz" que se trata de un disco temático, un trabajo conceptual sobre la conquista de la paz, lleno de experiencias instrumentales que no son propiamente canciones: "A mi entender sólo había una auténtica canción, todos los demás temas son experiencias musicales que decidimos hacer para explorar nuestro grupo, y así conseguir registros diferentes en nuestro recital". Ciertamente, en algunos momentos parecemos asistir a una interpretación vocal como un instrumento más (en "Silêncio", por ejemplo, la voz es practicamente como una prolongación del violonchelo). Además, siguiendo la costumbre de la banda desde "Os dias da Madredeus", todas las canciones están grabadas en vivo, sin mezclas adicionales salvo un overdub de sintetizador en "O mar", "Ajuda" y "As cores do sol". En pura disputa con sus anteriores entregas (en especial "Existir") por ser, para sus seguidores, el mejor disco de Madredeus, sí que se puede afirmar que "O espírito da paz" es un trabajo completo y ambicioso, con grandes momentos como "Os senhores da guerra" y "Vem" que, en formato single, auparon al álbum de nuevo al éxito local e internacional. De hecho, la gira que presentó "O espírito da paz" al público europeo llevaba por título 'Vem (Além de toda a solidao)", y fue publicada en DVD en 2012 con igual título que el disco, una grabación realizada en Bruselas el 24 de abril de 1995. Rodrigo Leao dejó estas populosas actuaciones, siendo sustituido en las mismas por Carlos María Trindade, que había coincidido con Pedro Ayres Magalhaes en Herois do mar. Trindade continuaría con Madredeus, incluso en los peores momentos del grupo, cuando Pedro Ayres y él mismo crearon A banda cósmica para acompañarles.

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11.8.14

CUSCO:
"Ring der delphine"

El mismo año 1989 en el que la compañía alemana Prudence ofreció en su catálogo toda la discografía anterior del grupo Cusco, integrado por los músicos germanos Michael Holm y Kristian Schultze, la propia banda publicaba uno de sus trabajos más interesantes, "Ring der delphine", que a cambio ofrecía una de sus portadas menos elaboradas. Afortunadamente, la edición americana de Higher Octave Music, con el título "Ring of the dolphin", corregía esa infamia por medio de una portada mucho mejor diseñada, orientada hacia una corriente épica. De discografía inconsistente, Cusco siempre ha sido capaz de alternar trabajos totalmente prescindibles (presididos por sonidos poco auténticos) con un puñado de obras de melodías fáciles y agradables, en ambientes relajantes inspirados, en su mayoría, por los paisajes andinos que sirven para nominar a este conjunto creado a finales de los 70, tras un inspirador periplo de Holm por varios países de Sudamérica.

Según Michael Holm, "este álbum destila efluvios naturales, místicos y más reales que en otros álbumes". La historia, contada en el cuadernillo del disco (en alemán si se trata de la copia de Prudence) e ideada por Holm, Debra Holland y Svend Nissen, es la de unos delfines que donan siete anillos a siete personajes, con los que pueden alcanzar un poder mágico que utilizado adecuadamente es positivo, si bien su mal uso lo tornará en destructivo. Pasado, presente y futuro se entrelazan en esta historia -cuentan- que no es una secuencia de datos sino una red que se extiende en el tiempo con un destino marcado, y cuyo punto de partida es una isla legendaria de nombre Methos. Partiendo de esta idea, Holm y Schultze, con la ayuda en la guitarra de Johann Dannsen, desarrollan una excitante aventura de mágica belleza. El título principal y primer corte del álbum, "Ring der delphine" ("Ring of the dolphin"), es una afortunada composición con melodía danzarina y aventurera, serena y agradable, bien estructurada y ejecutada a los teclados con plácidos sonidos de arpa y flauta. De apariencia algo infantil, a la altura de la historia narrada, en ella unen sus fuerzas los dos miembros del grupo, ya que las demás composiciones son de autorías separadas. Schultze es el autor de cuatro de las canciones, "Methos" (de aires medievales, básica pero de tratamiento acertado), "Der zauber" ("The spell", tonada sencilla, melodiosa, de nuevo con apariencia infantil), "Jebel at Tarik" (destacada pieza atmosférica en la que voces enigmáticas despuntan entre la electrónica en un tono místico y evocador) y el corte más movido y populoso, "Bur said", melodía aventurera, perfecta como sintonía de concurso o documental, un paseo por las aguas de esta ciudad egipcia (en Bur Said se encuentra el acceso al Canal de Suez) al lado de esas bellas criaturas que son los delfines. Sobre "Jebel at Tarik" conviene comentar su procedencia, ya que Tarik Benzema ibn Ziyad al-Layti fue un general árabe que abanderó la conquista musulmana de la hispania visigoda; pocos conocen el dato de que 'jebel at Tarik' significa 'montaña de Tarik', y de ahí procede el nombre 'Gibraltar', el punto en el que Tarik desembarcó. Volviendo al disco, Holm se dedica prioritariamente a la labor de producción y contribuye solamente con otras dos composiciones, una retomando el espíritu medieval con fuerza desbordante ("Kinderkreuzzug" -"Children's crusade"-) y otra que presenta el más típico sonido sudamericano que hizo famoso a Cusco en el ámbito de la new age: "Die wasser von Cesme" ("Waters of Cesme") se muestra a la altura de sus grandes éxitos andinos, y aunque Cesme sea una popular ciudad turística del extremo occidental de Turquía -bien lejos de Perú-, cuyo nombre significa 'fuente', es necesario abstraerse y disfrutar de piezas como ésta. Para concluir, la importancia y calidad del primer corte (que bien podrían haber utilizado de forma recurrente a lo largo del trabajo) hace que surja "Ring... (repr.)", reprise en un tono más suave y juguetón, para cerrar un álbum que, si bien presenta un cierto tono más dulzón que épico, son precisamente los cortes más legendarios, como "Bur said" y "Jebel at Tarik", los más interesantes, por supuesto junto a la composición principal, "Ring der delphine". Afortunadamente Holm y Schultze no acuden excesivamente al efecto sudamericano (centrado en la eficaz "Die wasser von Cesme"), por lo que la instrumentación se enreda en un acertado acabado electrónico del más puro estilo new age en la onda de Narada o Private Music, aunque Holm apunta: "La new age está muy infuenciada por ideas esotéricas, nuestra música no tiene ideología de fondo".

Como ya sucedió con "Mystic Island" meses antes que el disco que nos ocupa, "Water stories" fue el título de otro recopilatorio de Cusco, que en esta ocasión incluía tres composiciones de "Ring of the dolphin": "Waters of Cesme" lo abre, y también recoge versiones recortadas de "Bur said" y "Jebel at Tarik". Aunque dificilmente llegara al nivel de otros grupos coetáneos del mismo tipo de música, no cabe duda de que Cusco es un grupo simpático que, con ciertas pinceladas de calidad pegadiza -como la conseguida en "Ring der delphine"-, logró crearse un nombre y un buen número de ventas en la new age de los 90, donde su etnicismo caló bien hondo, y continuó su andadura hasta bien entrado el nuevo siglo. Schultze, que era hijo de Norbert Schultze, el compositor de "Lili Marleen", y una famosa actriz y cantante, falleció en noviembre de 2011. Mientras tanto, Holm (cuyo verdadero nombre es Lothar Walter) continúa su carrera en solitario.

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13.7.14

OFRA HAZA:
"Yemenite songs"

La vida de la cantante Ofra Haza sería merecedora de una superproducción de Hollywood, de esas que inundan las salas de lágrimas y cosechan una buena colección de premios. Nacida en Yemen en 1957 en una familia judía, pero israelí de adopción y educación, Ofra se convirtió casi sin darse cuenta en una estrella infantil de la mano de su mentor Bezalel Aloni. Su segundo puesto en el festival de Eurovision de 1983 (tras Luxemburgo) no hizo sino confirmar a esta bella adolescente como una de las voces más prometedoras de la escena folclórica y pop (a partes iguales) de Israel, país con el que Ofra (Bat-Sheva -'séptima hija' en hebreo- fue el nombre que le pusieron sus padres y que se cambió a los seis años) estaba realmente comprometida hasta el punto de cumplir con un servicio militar del que podía haberse librado por motivos religiosos. Tras varios discos de oro en Israel, el éxito internacional le llegó de golpe gracias al posterior tratamiento 'disco' de dos canciones emblemáticas de su impoluto e importante trabajo "Yemenite songs" ("Shirey Teiman" en su país), excitante en su alegre conjunción folclórica de vientos, cuerdas, percusión y voz -en hebreo y árabe-, que se ha convertido con todo merecimiento en un hito de las músicas del mundo.
 
El exotismo y la belleza se conjugaron para dar forma a este producto de aspecto antiguo y religioso (con una preciosa portada que resalta la belleza de Ofra), presentado con esmero, gracia y respeto, publicado en 1984 por el sello israelí Hed-Arzi, y reeditado por la londinense Globe Style, la alemana Teldek y otras compañías (en Estados Unidos con el título "Fifty Gates Of Wisdom : Yemenite Songs"). Alguna reedición en CD a finales de los 80 incluye "Im Nin' Alu (Extended Played In Full Mix)". Ofra y Bezalel (como productor) pusieron mucho esmero en acentuar la identidad yemenita de la familia de la cantante en este trabajo en el que en realidad, aunque todas las canciones posean esencia tradicional, sólo una lo es en su totalidad (la segunda, "Yachilvi veyachali"), las demás son en su mayoría adaptaciones de textos del influyente rabino del siglo XVII Shalom Shabazi con músicas que han llegado hasta nuestros días por transmisión oral. La música judía yemenita (muy influyente en el desarrollo de la música de Israel, al verse como un enlace con sus raíces bíblicas) se divide en tres categorías: litúrgica (para el culto, cantada en hebreo y arameo por hombres, por lo que no escuchamos ninguna en el disco), secular (sobre la vida cotidiana, cantada por mujeres en un dialecto hebreo yemenita) y diwan (poesía devocional, tanto religiosa como secular, en hebreo, arameo y árabe). Al diwan, que se representa en fiestas y bodas, se adaptan perfectamente las poesías de Shalom Shabazi, originando así bellas canciones de música y danza (lo que se denomina 'shira'), algunas de las cuales presentan un preludio a cappella (de nombre 'nashid'), cuyo mayor ejemplo es la maravilla que inaugura el disco, la mundialmente conocida "Im nin' alu", una canción celestial ('las puertas del cielo están abiertas', cuenta), hermosísima, donde la fabulosa voz y el ritmo oriental mecen los sentidos conduciéndonos a un paraíso idílico. El segundo corte más importante y mundialmente radiado del álbum era "Galbi", el único compuesto originalmente y que no era de 'dominio público'. Su creador, Aharon Amramn", el conocido como 'padre de la canción yemenita en Israel', asegura que "Galbi" no le reportó tantos royalties como la gente supone, aunque años después de convertiera en un hit en occidente. Tremendamente pegadiza y acertada vocal e instrumentalmente, "Galbi", que significa 'Mi corazón', habla del amor no correspondido de una joven, y posee un maravilloso e indudable encanto autóctono. También de desamor, esta vez el de dos jóvenes a los que no dejan verse, trata el tema tradicional, "Yachilvi veyachali", una canción de la calle muy agradable y costumbrista, típicamente de baile. Cambiando de tercio, sobre la difícil historia del pueblo judío yemenita del siglo XVI (actualmente el 99% de los yemenitas son musulmanes) trata "A'salk", donde el poeta le pregunta a Dios: ¿Por qué nos dejaste?, el mismo Dios que es bendecido y alabado en "Ode le'eli". En esta sucesión de ritmos del Oriente Próximo, el medley compuesto por "Tzur menati / Se'i yona / Sapri tama" comienza tan espiritual como "Im nin' alu", para dejarse llevar enseguida por el ritmo y la gracia más cercana a bollywood que a una sinagoga. Más folclóricas y animadas incluso, aseverando la naturaleza tanto lírica como liturgica que Shabazi imprimió a sus textos, son "Lefelach harimon" y el broche final, "Ayelet chen", que explora sabiamente en esa explosiva frontera entre el pop y el folclore, y de la que se extrajo el título norteamericano del disco, "Fifty Gates of Wisdom". Aunque la explosión de los singles más conocidos del álbum tuvieron lugar algo después, una época en la que el propio Michael Jackson insistió en varias ocasiones en realizar un proyecto conjunto, es preciso reconocer la calidad y la autenticidad del verdadero gran trabajo de esta idolatrada artista, un "Yemenite songs" cuya escucha nos traslada a una tierra conflictiva, milenaria y muy rica culturalmente, cuya música y poesía, conjuntas, influyeron en canciones mágicas como "Im nin' alu", "Galbi", "Yachilvi veyachali" o "Ayelet chen".
 
Tuvieron que pasar tres años para que "Galbi" y "Im nin' alu" sonaran con gran repercusión en Europa y Estados Unidos. El acicate fue que la melodía de "Im nin' alu" fuera sampleada por varios avispados grupos y productores, especialmente por Eric B. & Rakim para la canción "Paid in full" incluída en la película "Colors', lo que originó la creación de una avanzada y elegante mezcla para las pistas de baile y radiodifusión internacional, que se adelantó en el tiempo a otros afamados productos del conocido como etno-tecno, y que alcanzó el primer puesto de las listas de singles en países como Alemania o España ("Im nin' alu" fue número 1 en la lista de singles española en 1988, con "Galbi" en el octavo puesto). Aunque el remix de "Galbi" fuera realmente anterior al de "Im nin'alu", su éxito derivó del de esta última, encontrándose Ofra con dos auténticos hits en medio mundo, una artista cuya popularidad subió como la espuma hasta tal punto, por ejemplo, de ser elegida como cantante del mes en Inglaterra el mismo día que ella y su equipo sufrían un importante accidente aéreo, del que salieron ilesos por poco. Mientras tanto, "Shaday" fue el título del álbum publicado en 1988, con nuevas versiones con versos en ingles de "Galbi" e "Im nin' alu". Ofra Haza, con su sensualidad, su belleza, su maravillosa voz, abrió las puertas del mercado internacional a Israel, por ejemplo su video-clip de "Im nin' alu" fue el primero que emitía la MTV de un artista israelí. Sin embargo, la mala suerte se cruzó en su camino: En 1997 Ofra Haza conoció a un hombre de negocios llamado Doron Ashkenazi, con el que se acabó casando, esencialmente por presiones familiares para formar una familia y tener hijos. En esta época grabó en 17 idiomas la canción principal de la película "El príncipe de Egipto", pero no pudo realizar más proyectos, en el año 2000 cayó enferma y murió de neumonía en Ramat Gan el 23 de febrero, por las complicaciones originadas por el virus del VIH, el temible sida que presuntamente le contagió su marido, que acabó falleciendo un año después de una sobredosis de cocaína. Numerosas compilaciones reverencian a esta cantante cuya historia acabó tragicamente, y que aparte de por miles de seguidores, es recordada por el parque público 'Gan Ofra' (el Parque de Ofra) en el barrio Hatikva en Tel Aviv, donde Ofra se crió y volvía siempre que podía.





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14.6.14

SUZANNE CIANI:
"Pianissimo"

Peter Baumann, fundador y dueño de Private Music, estuvo de 'gira' por Europa en 1989, aunque lo que vendía no era su música, sino su propia compañía de músicas avanzadas, cuya filosofía había cambiado notablemente con la llegada de Ron Goldstein como presidente de la misma en 1987. Los gloriosos comienzos y primeros años de Private incluían un sinfín de joyas musicales, pero en estos finales de década se comenzaron a fichar a músicos que no tenían que ver con la línea inicial, perdiendo la estupenda imagen de marca que se había ganado con las buenas decisiones anteriores. Baumann estuvo en España para conocer al director general de BMG Ariola España, José María Cámara y explicarle su proyecto, música instrumental de alta calidad, uno de cuyos músicos puntales era una mujer cuyo nombre ya poseía un enorme carisma tras la publicación de álbumes superventas, incluso míticos, como "Seven waves", "The velocity of love" o "Neverland". Cuando en 1990 la compañía se trasladó de Nueva York a Los Angeles, una curiosa circunstancia afectó notablemente a Suzanne, la lamentable pérdida del máster de su álbum "History of my heart", un hecho que desconsoló notablemente a esta artista, que no se veía con fuerzas para grabarlo de nuevo. Peter Baumann la animó entonces a crear un disco más sencillo, exclusivamente para piano, que recogiera algunas de sus mejores composiciones arregladas para ese instrumento, un álbum que acabaría titulándose "Pianissimo".

"En verano de 1989 ofrecí mi primer concierto de piano desde los días de mis recitales de estudiante. Así comenzó el redescubrimiento del instrumento de mi primer amor: el piano acústico". Con estas palabras presentaba Suzanne Ciani este trabajo que Private Music publicó en 1990. Su merecida fama en el mundo de la electrónica más primigenia, a la que se había dedicado en cuerpo y alma durante todos esos años, entroncaba con el carácter sensible de sus composiciones, a lo que se unía su frágil apariencia, en la que era difícil reconocer a una mujer luchadora en el mundo masculino de la música electrónica. El cambio fue absolutamente necesario, y el producto tecnológico fue desechado para dejar paso a la esencia más melódica de la norteamericana: "No puedo odiar los ordenadores, llevo usándolos desde 1969 (...) La decisión de dejarlos de lado llegó después de grabar 'History of my heart' y coincidió con una necesidad que yo tenía de un mayor contacto con la naturaleza, porque estaba viviendo en Nueva York y me sentía continuamente aturdida y sin tiempo para nada; me estaba volviendo chalada". "Pianissimo" resultó más económico en su producción que las grabaciones electrónicas realizadas hasta la fecha, en las que apabullaban los nombres de aparatos utilizados (especialmente en "Seven waves"); además, contó con el patrocinio de la casa Yamaha, que proporcionó a la artista tanto los pianos utilizados como su propio estudio de grabación (una gran sala, sin reverberaciones, en la corporación Yamaha en Buena Park, en el condado de Orange). Las canciones arregladas (Suzanne tuvo que aprender a hacer los arreglos) pertenecían a sus dos últimos álbumes, "Neverland" y "History of my heart", y se incluían cuatro nuevas composiciones, dos de las cuales iban a aparecer en su siguiente álbum, "Hotel Luna" ("Rain" y "Simple song" -de cual leemos en su partitura el comentario de Suzanne "oh, así que en realidad no es tan simple"-), así como las deliciosas "She said yes" (autocalificada como un cuento de hadas) y "Berceuse" ('en memoria de mi querido primo Amy', añade). Seis piezas son arreglos de "Neverland", entre los que podrían destacarse los de "Tuscany" (que suena más limpia que en su disco original, y también mejor que en su primera interpretación para piano, en el recopilatorio "Piano two"), "Neverland" (otra de las grandes composiciones de la Ciani, con su sello característico, a la que la solución pianística le otorga un acabado verdaderamente acertado) y "Summer's day" (otro clásico, un alegre día veraniego). Además, ese 'sueño perdido, roto' que es "Adagio", la dulce "When love dies" y "Aegean wave", con su aire cíclico, de ola. Por su parte, de "History of my heart" son las cuatro composiciones restantes, la danzarina "Inverness", "Drifting", y los dos cortes más recordados y radiados, posiblemente, del disco: la grandísima "Mozart", que casi pega más con el espíritu de "Pianissimo" que con el de "History of my heart", y su canción más representativa, "Anthem", dedicada a los estudiantes chinos que protestaron en 1989 en Tiananmen, por su espíritu y compromiso. "Anthem", un delicioso himno que ya es un clásico de la new age, tenía una versión de solo piano en su correspondiente álbum, pero la mencionada pérdida del master obligó a regrabarla. Estas últimas son dos de las canciones de corte más clásico de Suzanne Ciani, que prefiere denominar a su música clásica contemporánea.

"Pianissimo" es como un álbum de clásicos de la new age, sólo que son todos de Suzanne Ciani. El piano, un instrumento más asequible y que puede llegar a un mayor rango de público, sienta bien en general a las piezas, dándoles una nueva dimensión, de mayor seriedad a pesar de perder en ocasiones, curiosamente, una cierta calidez. De hecho, muchos de los seguidores de la Ciani son amantes de la música electrónica, y sin embargo acogieron muy bien ese acercamiento al mundo acústico, en el que una gran influencia era el excéntrico pianista Glenn Gould. "Pianissimo" fue un éxito sorpresivo para Suzanne, y tuvo varias consecuencias: la más inmediata, el lanzamiento de un libro de partituras cuya portada era la misma que la de el álbum, aunque su título fuera "New age piano" (el listado de canciones incluidas, 17 en total, no era exactamente el de "Pianissimo"); por otro lado, fue inevitable (y sustancioso) la aparición de dos continuaciones, en las que Suzanne Ciani continuó revisando sus viejos hits e incorporando nuevas canciones a su repertorio pianístico: en 1996 llegó "Pianissimo II", donde destacaba "The velocity of love", y en 2001 "Pianissimo III", ambas editadas por su propia compañía, Seventh Wave Productions, después de superar un cancer, trasladarse a California y casarse con el abogado Joe Anderson, unos cambios vitales que influirían notablemente en su música tras abandonar Private Music, aunque realmente, cuenta con tristeza Suzanne, fuera Private Music la que la había abandonado a ella.

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22.5.14

JAVIER PAXARIÑO:
"Dagas de fuego sobre el laberinto"

Mucho tiempo ha habido que esperar, demasiado, para que uno de los instrumentistas más apabullantes de nuestra península volviera a publicar un trabajo, que aunque venga firmado como un trío, es practicamente suyo al menos en cuanto a la autoría de la mayoría de las composiciones. Virtuoso de los instrumentos de viento, este granadino afincado primero en Málaga y posteriormente en Madrid había creado ya en los 80 el Javier Paxariño Group, pero se lanzó desde entonces, especialmente tras una estancia en Londres que le ayudó a marcar su evolución musical, a la aventura en solitario, en 1988 con "Espacio interior" (de un jazz suave, con acertados atisbos étnicos) y en 1992 con "Pangea", momento en que logró el reconocimiento, basándose en una mayor carga étnica y la radiodifusión del excepcional primer corte, "Bengala". Su tercer álbum, "Temurá" (1994), es una de las cumbres de las nuevas músicas españolas, un disco antológico que estaba centrado enteramente en nuestro país, concretamente en las tres culturas que convivieron en el mismo siglos atrás (cristianos, judíos y musulmanes). En "Perihelion" (1996) aún quedaban retazos de música antigua, muy bien reconstruida y adaptada, mientras que en el momento de lanzar "Ouroboros" (2002), una obra totalmente folclórica, Javier se lamentaba de que hubieran pasado unos eternos seis años desde su anterior plástico. Parece sorprendente que, dada la crisis del sector, hayan tenido que discurrir el doble de esos seis años para ver publicada una nueva obra del que algunos conocían como 'el pájaro'.

Publicado en 2014 como primera referencia del sello Icarus, "Dagas de fuego sobre el laberinto" es un animado cóctel en el que el jazz y el flamenco son la base esencial para arropar a ciertas músicas de las culturas mediterráneas, árabes, turcas o judías. No es este el primer trabajo de Paxariño en el que el Mediterráneo es parte importante, "Perihelion" recogía el tema "Puerta de agua", y "Ouroboros" contaba con más de un asomo al Mare Nostrum, "que en sí mismo configura un espíritu y una manera de vivir, permitiendo una permeabilidad entre la cultura en general y la música en particular", aclara. Javier no se ha apartado excesivamente de su trayectoria, en "Dagas de fuego sobre el laberinto" hay algo del Paxariño de cada etapa, fiel a un sonido suyo que envuelve a la hermosa tradición de la península. Esas profundas raíces en nuestro folclor son también una de sus características esenciales, si bien en este armonioso álbum son mayoría las composiciones propias, en concreto siete de las once que pueblan el trabajo, dejando dos en manos de Josete Ordóñez y otras dos arregladas desde la tradición. Tras un comienzo introductorio, adentrándose en aguas calmadas ("Dagas"), nos asalta una melodía de esas que Paxariño sabe llevar a un terreno propio, atemporal, pero que suena muy actual y definitivamente maravillosa; arreglo de un tema tradicional, "Ladrón y kumardjí" es una danza de alegría contagiosa en la que suenan hasta cinco instrumentos de cuerda, otros cinco de viento y tres de percusión, que acaba suponiendo el corte estrella del álbum, sin desmerecer por ello a los demás, en un trabajo equilibrado e iluminado. "Dolores de amor" es la otra composición de esencia tradicional, y es en su carácter vocal (con la voz de Josete) donde encuentra una agradable distinción, siendo recordada no sólo por sus versos sino también por su acertado y sencillo tratamiento instrumental. Javier afirma que respeta el flamenco y le gusta, pero nunca se ha metido profesionalmente en el mismo y no ha profundizado en él en sus trabajos; aquí hay interesantes guiños a la música de su tierra, especialmente en la deliciosa "Juegos con Zaira" (arreglos del este para un acabado andaluz), así como al final del disco, en "Paseo de la farola" (sito en Málaga, esta bulería es un rescate del grupo Taifas, con Javier, Faín Dueñas y Nono García) y "Fiesta en el Realejo" (el antiguo barrio judío de Granada, por lo que Javier se deja adueñar por el espíritu de la música klezmer). El propio Ordóñez acomete también el flamenco en sus dos espléndidas composiciones, "Mandópolis" (curioso festival francés de mandolina) y "Velahí", eficaz melodía de aires árabes que se deja atrapar a su mitad por un arranque de saxello en plan free-jazz. Sin embargo, esta obra no se ciñe al flamenco ni a ningún tipo de corsé estético, por ejemplo en "El alma en el suelo" hay un acercamiento al tango en una envoltura melancólica, aunque no precisamente mediterránea. Los años y la experiencia han otorgado a Paxariño un dominio casi pecaminoso de los instrumentos de viento de diversas procedencias geográficas (flautas, saxos, clarinete, kawala, kaval, saxelo, ney, bansuri, conga y darbuka), pero aparte, la firma del trabajo como trío implica una mayor importancia de los demás instrumentos, y desde el comienzo se nota que la percusión de Manuel de Lucena cobra una importancia cercana a la que, por ejemplo, tenía en "Temurá", tanto en intensidad como en elenco de instrumentos (pandero, batería, tabila, shaker, darbuka, bendir, riq, krakebs, bongos, cajón y platos). Josete Ordóñez se muestra impecable en el manejo de las cuerdas (guitarras, mandola, bajo, vihuela, oud), en un conjunto tan rico en matices como plagado de momentos gratos y coloridos. Como dice el periodista Fernando Íñiguez en el texto introductorio del álbum, "no hay impostura, nada que se preste a lo forzado, todo fluye". En el libreto, además, poemas de Illia Galán y Hala al Shoroof, y elegantes fotografías del trío en blanco y negro.

"Gran parte de mis composiciones son canciones, temas musicales susceptibles de ser tocados con un piano, con un estribillo, buscando un tratamiento interesante y original, con flautas que me puedan servir para hacer la base rítmica del tema", dijo Javier Paxariño en 1994, justo 20 años antes de este trabajo. "Dagas de fuego sobre el laberinto" no es un nuevo "Temurá", es más sencillo y menos pretencioso, pero presenta un sonido coherente y por momentos brillante, en un estilo identificable de su autor, donde los instrumentos de viento se alzan majestuosos hacia las alturas, con el apoyo incondicional de sus compañeros de aventura, reducidos considerablemente en número respecto a anteriores trabajos, sin por ello perder excesivamente la sonoridad y la esencia (posiblemente ganando en conjunción, tras varios años de unión). Cada obra de Paxariño lleva adosada la impronta del amor por la música, por lo bien hecho y el respeto total hacia la tradición y el folclore, este personaje encantador, siempre dispuesto con su público y siempre cumplidor musicalmente, se adapta a las diversas situaciones y localizaciones para las que se requiere su presencia (La Musgaña, Biella Nuei, Radio Tarifa, Eliseo Parra, Luis Delgado, Eduardo Laguillo, Alberto Iglesias, Tomás San Miguel, Aute y un sinfín de nombres más) y logra fundir los instrumentos de viento con los demás como si de un guiso perfecto se tratara. Paladear sus composiciones es una auténtica delicia, pues dignas son de una guía Michelin de la música. Las nuevas músicas de la segunda mitad del siglo XXI, además de gente que compre los discos y acuda a los conciertos, no sólo necesitan nuevos genios, sino también que los de siempre resurjan y alcen sus voces entre la vacuidad general. Parece que Paxariño ha encontrado la llave, ¿quién será el siguiente?

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6.5.14

NACHO CANO:
"Un mundo separado por el mismo Dios"

Para un músico como Nacho Cano, tan encasillado por el éxito y la trayectoria de un grupo como Mecano, símbolo del pop español por antonomasia, no podía serle fácil de ningún modo dejar atrás ese icónico nombre y volar en solitario, más aún si el giro estilístico iba a ser de 180 grados respecto a aquellos "Hoy no me puedo levantar", "Aire", "Hijo de la luna" o "La fuerza del destino". Nacho ya había deslizado en los discos de Mecano pequeñas perlas instrumentales ("Boda en Londres", "Dónde está el país de las hadas", "Por la cara" y "1917"), que defendían la posibilidad de un álbum centrado en este tipo de música inspirada en otros estilos, como los de sus compositores y grupos más admirados, entre ellos Peter Gabriel, Genesis, Yes o especialmente un Mike Oldfield que volvía a triunfar enormemente en esa época con "Tubular bells II" y "The songs of distant Earth". Sin embargo la característica principal de su primer álbum iba a estar otorgada por el acercamiento de Nacho a la religión budista y a la meditación trascendental, con la que el antaño joven díscolo alcanzó un extraordinario nivel espiritual y compromiso con los más desfavorecidos, circunstancias que se reflejan en su música.

Aunque no era un hecho secreto el del nuevo camino interior del pequeño de los Cano, que incluso había creado para Mecano sendas canciones dedicadas al Dalai Lama ("Aidalai") y Jesucristo ("Tú"), su entrada de golpe en el mundillo de estas 'otras músicas' fue sorprendente para el gran público, así como el cambio de compañía discográfica, de BMG que publicaba a Mecano, a Virgin, que puso a la venta "Un mundo separado por el mismo Dios" en 1994, con lemas budistas, fotografías hechas por la por entonces novia de Nacho, Penélope Cruz, y un hermoso y colorido montaje en la portada (con una hoguera fotografiada en las Alpujarras por la propia Penélope). Presentado el 2 de noviembre de 1994 en el Museo de Arqueología de Madrid, llegó enseguida al número 4 en las listas de ventas, gran parte de sus seguidores aceptaron su nueva propuesta, pero entre otro sector del público y ante todo de la crítica, acabó convirtiéndose en un disco incomprendido, posiblemente por buscar los unos a un nuevo Mecano y los otros, que le tenían ganas por su exitoso pasado, a un nuevo gurú de la música instrumental española. Evidentemente nunca llegó a alcanzar ese estatus, pero "Un mundo separado por el mismo Dios" poseía grandes intenciones y un buen sonido en la producción, arreglos y composición de un Nacho Cano al que el mismísimo Hans Zimmer, que tocó con Mecano en el 84, le había aconsejado en aquella época sobre una buena utilización del estudio de grabación. Cinco sencillos fueron extraídos del álbum: "El patio" fue el primero y el más radiado, en el momento de mayor promoción del trabajo; Nacho utilizaba, sobre una música un tanto experimental, la canción popular infantil 'Al pasar la barca', con la voz de la pequeña sobrina del músico, Macarena, a la que sucede la de la cantautora y amiga Mercedes Ferrer (conocidos desde 1986). El estilo aflamencado es verdaderamente atrayente y vuelve a aparecer, también con voz, en "El país de los cementos" (el último single) o en un corte titulado "El piano, el violín y la guitarra", que bien podría llevar la firma de un Dorantes que aún tardaría varios años en despuntar en solitario con su primer y exitoso álbum, "Orobroy". La guitarra española, inmensa, corre a cargo de otro genial intérprete flamenco en alza en esa época, Vicente Amigo, y las voces gitanas, de una jovencísima Chonchi Heredia. El segundo sencillo era una de las canciones más interesantes e inspiradas del disco, "El profesor de danza" recogía el sonido auténtico de una clase de la Compañía del Centro Artístico Alcobendas y de la neoyorquina Alvin Ailey Dance Theather Company como base para una melodía rítmica, extraña, sudorosa y atrevida, un gran descubrimiento pleno de intensidad y buena instrumentación. En el orden del disco le sigue "El waltz de los locos", otro de los cortes más interesantes y sinceros, de mecedor estilo orquestal, que fue utilizado como cuarto sencillo, y que también presenta voces grabadas entre los internos con discapacidad intelectual del Hogar Don Orione, en Pozuelo de Alarcón; Nacho, que buscaba la armonía en el álbum, aseguraba que lo primero que sintió al entrar en la fundación fue repulsión, pero acabó emocionado, notando esa armonía que dio origen al lema integrador 'nadie sobra en esta orquesta'. El tema que titula al disco, "Un mundo separado por el mismo Dios" fue el tercer single, y era el primer corte del mismo que rebosaba etnicismo en su intento de conjunción de cantos identificativos de varias religiones (voces árabes, cristianas, judías e hindúes, que si no armonizan entre sí -contaba el libreto- producen distorsiones tales como el holocausto, reflejado en la canción por la escalofriante voz de Hitler), si bien posiblemente su autor debería haber aumentado la dosis multicultural en el conjunto del álbum para ver reforzado el mensaje de unión con alegato pacifista que pregona el budismo del que hace gala, cuya intensidad crecía considerablemente ya al final del disco, en "Vaikuntha" (con un coro de monjes brahmanes neoyorquinos) y, especialmente, en el tema añadido en la segunda edición del álbum, "Un mundo separado por el mismo Dios (final)", que retoma la alegre y resplandeciente canción final de su primera parte (la cual se merecía sin duda un corte propio) para culminar el plástico de forma mucho más eficaz. Antes, no hay que olvidarse de ese sugerente y confiado alegato contra la caza de ballenas que es "El dolor del agua", y de una composición con ecos de rock sinfónico, larga y abrupta pero con grandes momentos, como es "La batalla", donde el autor intenta (también mediante un par de versiones para piano y orquesta, respectivamente) "destacar la humanidad de los instrumentos". Aunque también sea suya la frase "el autor pone la música, los oyentes las imágenes", cuatro de los singles poseen sus correspondientes video-clips: "El patio" (con Penélope cruz), "El profesor de danza" (con Víctor Ullate), "El waltz de los locos" (enfocado en el síndrome de dawn, fue un regalo de Penélope) y "Un mundo separado por el mismo Dios" (un partido de fútbol interacial). También tuvo su correspondiente gira, con una espectacular escenografía, que pasó por Londres, Berlín o París, citas más cosmopolitas de este músico que vivía en esta época entre Nueva York (en un apartamento justo encima del de Ana Torroja, donde compuso el álbum) y Amsterdam. El disco se grabó en la capital holandesa, en Madrid y en Londres en el verano de 1994, y además de la edición española (la primera con 13 cortes y una segunda con los 14 mencionados) contó con otras, con distinta fotografía de Nacho en portada, la internacional (con el título en español), la inglesa ("A world split by the same god"), la francesa ("Un monde separé par le meme Dieu"), y la alemana y holandesa ("Eine welt von einem gott geteilt").

Este álbum es una experiencia espiritual con guiños sinfónicos ("La batalla"), folclóricos ("El patio"), experimentales ("El profesor de danza"), neoclásicos ("El waltz de los locos"), orientales ("Vaikuntha") o de new age melódica (la adaptación orquestal de "La batalla"), y olor a mediterráneo y especias, y aunque Nacho intente apartarse de lo meloso de su antiguo grupo, no deja de haber momentos que nos recuerdan a Mecano hasta el punto de faltar, únicamente, la voz de Ana Torroja. Los contínuos cambios de ritmo y melodía de composiciones como "El patio", "La batalla" o "Un mundo separado por el mismo Dios" parecen referirnos a uno de los mejores discos de Mike Oldfield, "Amarok", pero hay ciertas diferencias entre el estilo y la innegable clase del británico y las muchas ganas y desparpajo del español, que si bien acierta en muchos momentos de un disco arriesgado que en general agrada y convence, también parece en otras ocasiones empalmar demasiadas ideas, sobreactuar y darse ciertas ínfulas para un debut, lo cual pudo desembocar en incomprensión y posibles envidias. La carrera de Nacho ha continuado pero nunca ha vuelto a intentar una aventura instrumental tan majestuosa, tornando la misma en una vuelta a las canciones, con momentos tan maravillosos y exitosos como "Vivimos siempre juntos", con la voz de nuevo de Mercedes Ferrer.









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